23 Febrero 2008
Extracto de documentación sonora recuperado entre los restos del devastador incendio que asoló la Jefatura Especial para Paradojas Espacio Tiempo Obvio (J. E. P. E. T. O.)
Fecha: 28 de decimosegundo de 2492.- Lugar: Heliópolis.-
A las 07:30 del día mencionado, después de haber recibido una llamada en la central comunicando la paradoja obvia, dos agentes adscritos a dicha jefatura se personaron en el lugar de los hechos.
Al llegar fueron recibidos por dos individuos en estado de manifiesta excitación. Después de tranquilizarlos, los agentes intentaron tomar declaración previa para la instrucción de las diligencias oportunas, a los elementos citados.
En vista de la imposibilidad de hacerlo estando los dos presentes en el mismo cuarto, la fuerza optó por separarlos en distintas dependencias de lo que parecía ser una vivienda.
DECLARACIÓN 1ª INDIVIDUO:
Marco Guass Guass, que así manifiesta llamarse y que tras la lectura biométrica oportuna, así resulta dice que:
Como todos los días a las 07:00 del día de autos sonó su despertador y que al levantarse de la cama, escuchó un ruido procedente del centro de aseo de esta casa, la cual dice que es su residencia habitual y así demuestra ante la fuerza actuante, mediante la presentación de sendos recibos electrónicos que se adjuntan a este atestado.
Que al aproximarse al centro de aseo se encontró con un individuo exactamente igual a él que terminaba de ducharse y se estaba peinando ante el espejo.
Que sorprendido por la presencia de dicho individuo, primero creyó que era victima de una alucinación o de una broma holográfica.
Que una vez se recuperó de la sorpresa, del armario donde se guardan los útiles de limpieza tomó una escoba –foto que se adjunta- y con el mango intento romper lo que él consideraba un holograma.
Que ante la presión ejercida por el mango de la escoba sobre el presunto holograma, este reaccionó de manera brusca dando un salto hacia atrás y gritando un insulto al mismo tiempo.
Que ante el grito y el salto, se asustó más y quedó paralizado.
Que preguntó al referido, por lo visto falso holograma, que quien era y que hacía en su vivienda y en su centro de aseo.
Que el falso holograma –a partir de ahora individuo 2 en este atestado- quedó pálido ante su presencia y que le respondió a él con la misma pregunta.
Que ante la actitud amenazante del individuo 2 armado con un pequeño taburete de baño –foto que se adjunta- decidió salir corriendo y volver a su habitación desde donde, encerrado y cada vez más asustado por los golpes que el individuo 2 perpetraba contra la puerta, decidió llamar a la J. E. P. E. T. O. felicitando a la fuerza actuante por la rapidez de su intervención.
DECLARACIÓN 2º INDIVIDUO:
Marco Guass Guass, que así manifiesta llamarse y que tras la lectura biométrica oportuna, así resulta dice que:
Que se encontraba el día de autos a las 07:26 en el centro de aseo de la que él dice ser su vivienda habitual y así demuestra ante la fuerza actuante mediante la presentación de sendos recibos electrónicos que se adjuntan a este atestado.
Que notó un fuerte golpe en un costado y que por el espejo pudo ver a un elemento –en este atestado individuo 1- que con el mango de una escoba o cepillo –no se atreve a precisar- le intentaba propinar lo que el supuso serían más golpes.
Que quedó sumamente extrañado por el gran parecido físico que el individuo 1 mostraba con su persona.
Que ante la pertinaz labor del individuo 1 de seguir propinándole golpes, tomó del suelo un pequeño taburete de baño – foto que se adjunta- y enarbolándolo por encima de su cabeza salió en persecución de dicho individuo.
Que dicho individuo – individuo 1- se refusión en su dormitorio –del individuo 2- y que con ánimo de asustarlo, golpeó repetidamente la puerta del mismo.
Que al mismo tiempo que golpeaba la puerta del dormitorio, llamó a través del ordenador central de la casa a la J. E. P. E. T. O. y que se mantuvo delante de la susodicha puerta hasta la llegada de la fuerza actuante que estimó rápida y eficaz.
Tomada declaración a los dos individuos –individuo 1 e individuo 2- se procede al traslado de los mismos a las dependencias de la J. E. P. E. T. O. quedando a disposición de la superioridad
Heliópolis 28 de decimosegundo de 2492.
ANEXO I:
De los resultados desprendidos de las investigaciones llevadas a cabo por miembros de la J. E. P. E. T. O. y fontanero adscrito al servicio, se desprende que la causa mas probable de este incidente haya sido un mal funcionamiento del programador de la lavadora de la casa, interactuando esta con el ordenador central de la misma dando lugar a esta paradoja obvia.
Se estima por los cálculos efectuados por los agentes y por las declaraciones de los implicados que la paradoja indujo para el individuo 1 un adelanto de veintiséis minutos y para el individuo 2 un atraso del mismo tiempo
ANEXO II:
Como según la Orden Ministerial 036/2380 el tiempo mínimo para considerar una paradoja obvia como tal es de treinta minutos, se desestiman todas las reclamaciones que los afectados pudieses plantear contra este Ministerio y miembros de la J. E. P. E. T. O., no siendo esto motivo para que los mismos puedan recurrir ante instancias superiores.
En Heliópolis a 12 de cinco de 2493.
servido por Antonio
sin comentarios
compártelo
23 Febrero 2008
Tengo que salir de aquí y, además, tengo que hacerlo pronto. Acabo de entrar en la cocina y lo que he visto, me ha descorazonado.
Aún estoy a tiempo de arreglarlo, de buscar una solución. Es de noche y el temporal golpea inmisericorde las ventanas y puertas de mi casa Con este tiempo que hace, la idea de coger el coche se me hace cuesta arriba.
Pero tengo que hacerlo, es la única solución. Si se tratase de otra cosa, intentaría sustituirla, buscar otra alternativa que me permitiese continuar mi labor. Pero sin ella, nada sería igual. Nada.
No me apetece nada volver a cambiarme de ropa, volver a ponerme de calle y dejar a un lado estas zapatillas y esta bata tan cómodas que tengo puestas.
Pero no tengo más remedio que hacerlo. Y además, no debo demorarme mucho si quiero encontrar una solución.
Acabo de mirar mi reloj y ya son las nueve y media (veinte y treinta en Canarias) Solo tengo media hora para satisfacer mi deseo.
Es el momento de tomar una decisión. O me visto ahora mismo, cojo el coche y me acerco al centro comercial, o me preparo otra cosa que no sea tortilla para cenar.
Tengo que ir a comprar cebollas, porque como todo el mundo sabe, una tortilla sin cebolla, ni es tortilla ni es nada.
servido por Antonio
sin comentarios
compártelo
23 Febrero 2008
El hospital, en aquel momento, hervía de actividad. La última remesa de heridos había colapsado, por un momento, la recepción en urgencias.
Aquel doble atentado con dos coches bomba en lugares tan lejanos de la ciudad, desconcertó, más si cabe, a los mandos de las tropas americanas.
Los médicos militares fueron distribuyendo a los heridos según el cuadro que presentaba cada uno de ellos.
Cuando terminó su turno, el comandante médico a cargo del hospital, comenzó en su despacho a repasar, una a una, las historias clínicas de los soldados heridos.
Menos mal que no son muchas, pensó mientras tanteaba el montón de carpetas con los informes. Estoy que no puedo más.
Comenzó a distribuir las carpetas a medida que las leía. De vez en cuando, subrayaba algo o anotaba al margen alguna observación.
Cuando ya había terminado y se disponía a marcharse a dormir, algo hizo que se volviese a sentar y tomase de uno de los archivadores donde había colocado las historias clínicas, dos de ellas.
En silencio, volvió a leerlas. Alternativamente su vista recorría, casi a la par, los dos informes.
Tiene que haber algún error. ¿Cómo es posible que estos dos soldados, cada uno en un lugar diferente, a kilómetros de distancia, tengan las mismas heridas y los mismos síntomas postraumáticos? O es un error, o es una casualidad casi imposible que se produzca.
Con los dos expedientes en la mano, se dirigió a la sala donde, en teoría, tendrían que estar aquellos dos hombres.
Verás como solo hay uno, se iba diciendo.
Cuando entró en la habitación, el teniente médico acababa de examinar a uno de los heridos y al ver a su jefe, lo saludó.
Teniente, respondió el comandante y preguntó a su vez:
¿Quiénes son Paul Méndez y Andy Ripley?
Son estos dos, señor, respondió el teniente.
¿A usted también le extrañó?
Por supuesto. Es algo que no había visto en toda mi carrera. Creí que se debía a un error de identificación, pero ya veo que no es así.
No señor, eso pensé yo también. Pero ahí están, los dos con las mismas lesiones. Todo en su cuadro clínico es exactamente igual. La misma tensión, la misma profundidad en sus heridas, el mimo grupo sanguíneo… todo.
El comandante tomó las gráficas que estaban sujetas por una presilla a los pies de las camas y mientras movía ligeramente la cabeza de un lado a otro, murmuraba: increíble.
Los días fueron pasando y la evolución de aquellos dos heridos, corría a la par.
Poco a poco iban recuperándose aunque, según los médicos, las secuelas que les quedarían serían importantes.
Los dos habían perdido la memoria y la vista, solo sabían sus nombres porque el personal de hospital así se lo había dicho.
Paul y Andy.
A la semana de estar ingresados, Paul y Andy comenzaron a hablar. Primero fue Paul y al minuto, mientras lo examinaban, comenzó Andy.
Hasta para eso parecían haberse puesto de acuerdo.
A la semana siguiente ya se podían incorporar en la cama y Paul le comentó a Andy:
¿Que te juegas a que soy el primero en caminar por la habitación?
Andy le respondió: Apura, apura a caminar, verás como al poco tiempo lo haré yo.
Y así ocurrió.
Durante este tiempo, los médicos habían sometido a los heridos a un sinfín de pruebas y análisis. Así descubrieron que, en su sangre, existía una enzima muy poco común, una sustancia que hacía que su sangre fuese no solo compatible, sino que la convertía en idéntica.
Un día, Andy, espontáneamente, sufrió una hemorragia.
Al estar continuamente monitorizados, no tuvo mayor importancia. Lo solucionaron transfundiéndole unas unidades de sangre de Paul y el episodio, quedó solucionado.
A los pocos días, lo mismo le ocurrió a Paul. Los médicos, que ya se lo esperaban, lo solucionaron de la misma manera.
La recuperación de los dos continuaba a buen ritmo. Entre ellos se había formado un vínculo que cada vez se estrechaba más. Siempre estaban pendientes el uno del otro.
Al cabo de un mes, los doctores determinaron que se podía intentar una intervención para que recuperasen la vista.
Dadas sus características clínicas, y ante cualquier pequeño problema, decidieron que la intervención se realizaría a la vez.
En dos quirófanos adyacentes todo estaba preparado.
La operación fue sincronizada para que comenzara al mismo tiempo y finalizase, también, a la vez.
Todo salió según lo planeado y Andy y Paul entraron y salieron de sus respectivos quirófanos al mismo tiempo.
La recuperación, ya en la habitación fue rapidísima. A la semana los médicos decidieron quitarles los vendajes que cubrían sus ojos.
El momento era importante.
Aquellos hombres que no se conocían de nada, que en toda su vida no habían coincidido en ningún lugar ya que no tenían memoria anterior al atentado; aquellos hombres que durante su convalecencia habían forjado aquella amistad inquebrantable, se verían las caras, si todo iba como estaba previsto, aquella misma tarde.
Lo primero que hizo el personal del hospital fue separar las camas con un tupido biombo.
Después, dos equipos médicos, al unísono, comenzaron a descubrir los ojos vendados.
Ya está, dijeron. Listo.
Paul se dirigió a Andy:
Andy, dime que puedes ver.
Andy respondió:
Si. ¿Y tú?
Yo también. Respondió con voz emocionada Paul.
Entonces los equipos médicos se retiraron y solo el comandante quedó en la habitación con los dos soldados.
Voy a retirar el biombo para que os podáis conocer.
Dicho y hecho.
El biombo fue retirado. Sus cabezas se volvieron a la vez para verse y por fin, se conocieron.
Un silencio denso ocupó toda la habitación.
Comenzaron a hablar al mismo tiempo y se oyó la voz de los dos con un mismo tono de indignación y rabia:
No puede ser. No puede ser. Sáquenme de aquí inmediatamente.
El eco se mantuvo, vibrando, unos segundos.
Al verse, descubrieron que uno era blanco y otro negro.
servido por Antonio
sin comentarios
compártelo
23 Febrero 2008
Era la primera vez a lo largo de toda su breve, pero intensa carrera que se veía en una situación tal.
Sus otros compañeros, con su misma experiencia, más o menos, no le habían comentado nada de aquello; seguramente para evitar que pudiese estar preparado y tomar ellos la delantera.
Pero, en fin, en aquel mundo de competencia feroz, todo podía ser.
Prosiguió su camino adelantando uno a uno a todos aquellos que se cruzaban con él.
Se había impuesto en su marcha un ritmo frenético. Tenía que ser el primero.
A medio camino, noto que sus fuerzas flaqueaban. Recurriendo de nuevo a aquella especie de voz interior que lo impulsaba, redoblo su esfuerzo y, dejando a un lado, concentrándose en eliminar la sensación de cansancio que lo embargaba por momentos, prosiguió su camino.
Él sabía que dependiendo del resultado de aquella carrera, su futuro podría ser muy diferente.
Si perdía, su vida, carecería de sentido. Sería como si no hubiese existido.
Pero si ganaba… Si ganaba formaría parte de aquella empresa. Sería cofundador de algo que llegaría, con toda probabilidad, a ser grande.
El camino cada vez se estrechaba más.
Los otros, la competencia, también parecían agotados y la estela que formaran al principio, abigarrada y tupida, en este punto, se veía con grandes espacios vacios.
Cada vez quedaban menos en aquella despiadada carrera.
La meta estaba a la vista. Volvió como pudo la cabeza hacia atrás y vio que todavía llevaba una ligera ventaja sobre su inmediato perseguidor.
De repente, algo le detuvo. Intentó liberarse moviéndose de un lado a otro. Su compañero, el que venía de segundo, también se detuvo a su altura.
Y así, uno tras otro, todos los participantes quedaron detenidos por aquella especie de barrera invisible.
Habían fracasado en su objetivo y no tenían la más mínima posibilidad de volver a intentarlo.
Maldijo una y otra vez su suerte y mientras que un lejano rumor, como de torrente de agua, arrastraba el condón que los contenía, aquel espermatozoide, aquel campeón, se fue sumiendo en la más oscura de las galerías. La tubería del retrete.
servido por Antonio
sin comentarios
compártelo
23 Febrero 2008
Indignado. Estaba completamente indignado.
Aquello había sido el colmo de lo colmos. El colmo de la mala educación y la falta de respeto.
A él, insigne notario, paradigma de la seriedad y reputado refrendador de voluntades, a él, no podían hacerle aquello.
Poco le faltó cuando aquel chiquilicuatro se dirigió a él, con aquel extraño aparato en la mano, le preguntó su nombre y filiación, para espetarle aquello de… usted no sabe con quien está hablando. Poco le falto.
Pero empecemos por el principio.
El había acudido a aquella sastrería, su sastrería de toda la vida, para que Marcelino, su sastre, también de toda la vida, le confeccionara el chaqué que vestiría el día que ¡por fin! se celebrase el enlace matrimonial –nunca se refería a esto como la boda, le parecía muy vulgar- de su hija.
Al entrar en la sastrería –hacía más de un año de su última visita- lo primero que le sorprendió fue el cambio en la decoración que se había producido desde que no había vuelto por allí.
El tono antiguo en las paredes, aquellos muebles castellano, recios y serios, habían sido sustituidos por unos colores vivos y unos pocos muebles y sillas que, a él, le parecieron zafios –después descubrió que aquella tendencia en la decoración se llamaba minimalista-. Tan sorprendido quedó al entrar que dudó ¿no se habría equivocado de local?
Se dirigió hacia aquello que parecía un mostrador de recepción y preguntó al joven que anotaba no se qué en una agenda electrónica:
- Buenos días, joven. ¿Marcelino… por favor?
El muchacho lo miró de arriba abajo y él noto su absoluta reprobación dirigida hacia la indumentaria que vestía.
- ¿Marcelino? ¡Huyyyyyyyy! Marcelino se jubiló hace más de un año. ¿Puedo ayudarte en algo?
Aquel tuteo imprevisto le descolocó todavía más, si cabe.
- Bueno… la verdad es que venía… en fin, quería hacerme un chaqué, pero quizás ya no se dediquen ustedes a esto….
- ¡Vaya, hombre! ¿Acaso no has leído el cartelito?
Mientras esto le decía, señaló a la pared donde, efectivamente, se encontraba el cartel al que aquel –realmente no sabía como calificar a aquel joven- digamos, muchacho se refería con un ligero mohín en los labios.
- Of course. Te podemos hacer un chaqué –pronunció algo así como “xaqué” – Te verás con él como un pincel.
Aquello de verse “como un pincel” tampoco le gustó demasiado al notario.
Estaba a punto de dar la vuelta y marcharse de allí a toda velocidad cuando recordó que el tiempo apremiaba. El enlace –nunca decía boda- era dentro de una semana y media y él se había despistado. No tenía demasiado tiempo para andar buscando otra sastrería.
Sin darle tiempo a preguntar nada más aquel joven lo tomó por el brazo y lo condujo hacia el interior de la tienda.
- Vamos a tomarte las medidas.
Le ayudó a despojarse – así fue como lo entendió él- de su chaqueta y con lo situó de espaldas a la pared donde se veían unas marcas de diferentes medidas.
Tomó de un cajoncito una especie de pistola láser y, después de recomendarle, medio en serio, medio en broma que no se moviese mientras que no se lo dijese, comenzó a efectuar pequeños disparos con aquel haz de luz. Cada vez que apretaba el gatillo, un pitido confirmaba que la medida había sido asentada en el ordenado portátil que estaba sobre aquel otro pequeño atril.
Aquella manera de tomar las medidas, la verdad, le gustó. Nunca había sido muy partidario de aquellos estiramientos a los que los sastres obligaban a los clientes para medirlos.
En nada, mientras se ponía la chaqueta, un dibujo esquematizado de su figura salió por una impresora medio oculta tras un florero con una sola flor.
- Dentro de tres días puedes venir a probar. Verás que “chic” te vas a ver.
- ¿Harán falta muchas pruebas?
- Faltaría plus. Respondió el muchacho. Only one.
Don Ildefonso García y Pérez del Pulgar –así se llamaba el notario y así, literalmente, figuraba en su tarjeta de visita, Don incluido- abonó el cuarenta por cien de los dos mil euros que le iba a costar el puñetero chaqué y salió de la sastrería, a toda velocidad hacia su despacho.
A los tres días se presento de nuevo nuestro ilustre notario en la sastrería El Ambiente, que así se llamaba, como pudo comprobar en la placa metálica que estaba clavada en la pared, a la entrada.
Pasó rápidamente al fondo y allí, René –que así se llamaba el muchacho que le había atendido- lo condujo hasta uno de los vestidores.
En un perchero de acero inoxidable colgaba el chaqué protegido con una funda de tela y celofán opaco .
- Ahora, Ilde, te voy a dejar solito para que disfrutes del momento. Cuando estés OK, avísame tocando el timbre.
Don Ildefonso, una vez que se quedó solo, procedió a desnudarse para probar el dichoso chaqué.
Dobló cuidadosamente sus pantalones y los depositó en un galán de noche que tenía al lado.
Se dirigió al perchero y después de pelearse un rato con la cremallera de la funda, extrajo el chaqué.
Le impresión que le causó fue tal que se desplomó, casi sin sentido, sobre una silla cercana.
La vena del cuello se le hinchó casi hasta reventar y sin voz –producto de la indignación y la sorpresa- pulso el timbre.
René se presentó al momento con una sonrisa beatífica en su rostro.
Al ver al notario sentado, mejor dicho derrumbado, en calzoncillos en la silla, su rostro tomó una expresión entre angustia y picardía:
- ¡Sacre die! ¿Qué ocurre, picaruelo?
El notario levantó el brazo y dirigiendo el dedo índice hacia el chaqué, casi sin voz dijo:
- Pero… ¿Qué es esto?
De la funda del perchero sobresalía la manga de la chaqueta del chaqué o algo así supuso que sería aquello.
De color lila y rematada por una chorrera de volates en tul crudo, la manga brillaba con luz propia en aquella estancia.
René termino de desempaquetar la prenda –y nunca mejor empleada la palabra prenda- y con una expresión de cierto reproche preguntó:
- ¿Es que no te gusta, mon cherri? Es lo último en Ámsterdam y París.
Entonces Ilde, Don Ildefonso, el ilustre notario, se desmayó.
Cuando despertó en la camilla, antes de introducirlo en la ambulancia que lo trasladaba al hospital, volvió a leer, esta vez con más detalle, aquella placa en la pared:
EL AMBIENTE. PAÑOS DE IMPORTACIÓN. TRAJES A MEDIDA PARA CEREMÓNIAS. ¿ENTIENDES?
servido por Antonio
sin comentarios
compártelo
17 Febrero 2008
Tarde. Por mucho que corriese, iba a llegar tarde.
¡Tenía que ser hoy, precisamente, cuando se quedase dormido!
¿Qué pensarían de él?
Siempre se había mostrado muy exigente consigo mismo, siempre.
Pero lo de hoy…
Aquel día era especial. Desde primera hora de la mañana, cientos de personas esperaban, con impaciencia, su llegada.
Habían preparado aquel acto con esmero. El día anterior, una empresa de transporte y logística, había colocado, convenientemente separados, los grandes atados de leña que servirían para calentar, allí en la cima, los enormes calderos rebosantes de leche fresca.
Y él… tarde.
Y eso que le habían advertido del “peligro” de aquel vino delicioso. Pero… a él… ¿Qué le podía pasar?
Pues… eso. Su naturaleza humana sucumbió a aquella mezcla de vino y licores tan sabrosa y también, realmente… tan “cabezona”.
Terminó de recorrer los últimos metros de la cuesta que conducía a la cima y los vio allí. Todos estaban sentados, esperándole.
¿Qué les podía decir?
Casi era la hora de comer y más de quinientas personas se encontraban desperdigadas a lo largo y ancho de la ladera.
Algunos le miraron con desdén. Otros, ni siquiera volvieron la cabeza para verlo.
Tenía que hacer algo y… rápido si no quería que su prestigio, quedase por los suelos
Se fijó en que las hogueras que deberían calentar las marmitas estaban apagadas y otra vez recordó que la hora de comer se aproximaba.
En cuestión de segundos tomó una decisión.
Los grandes canastos comenzaron a llenarse, por arte de birle-birloque, de pan.
Al lado de estos, las cestas de mimbre, vacías hasta el momento, aparecieron rebosantes de peces.
El milagro del desayuno de maná del cielo, se convirtió, así, por haber llegado tarde y por efecto de aquella terrible resaca, en el de la multiplicación de los panes y los peces.
servido por Antonio
sin comentarios
compártelo
17 Febrero 2008
Él, como los demás, también sonrió con las habilidades del pequeño tití.
Cuando le birló el reloj al espectador que había sido llamado a la pista para colaborar en el juego, el público, estalló en un aplauso ensordecedor.
A continuación, el domador, tomó de la mano al tití y, después de una graciosa reverencia, se retiró tras la cortina que separaba la pista del interior del circo.
La función remató con el acostumbrado desfile de todos los participantes en el espectáculo.
Poco a poco, los espectadores fueron abandonando la carpa y a la salida, una bella azafata, les entregó un programa y una invitación para la nueva representación que tendría lugar dentro de un par de días.
Prácticamente sin mirarlo, guardó el programa y la invitación en el bolsillo y se dirigió a la plaza cercana donde tenía aparcado su coche.
No sabía muy bien porque había ido al circo.
No era, precisamente, el espectáculo que más le gustaba, casi al contrario, en su recuerdo infantil, el circo era algo triste, algo que le producía un sentimiento más melancólico que una sensación de alegría.
Mientras se acomodaba en el coche y se ceñía el cinturón de seguridad, el programa y la invitación cayeron de su bolsillo.
Se inclinó para recogerlos del suelo y sus ojos, entonces, se fijaron en el panfleto.
Con ese estilo grandilocuente y sonoro, propio del circo, en el programa se anunciaba: “…. El espectáculo nunca visto… El más grande espectáculo del mundo… Solo ella podrá adivinar hasta sus más recónditos secretos… La bella Esmeralda y su bola de cristal.””
Volvió a guardar los papeles en el bolsillo de su chaqueta y, encendiendo el coche, se dirigió a su casa.
A la mañana siguiente su mano volvió a tropezar con los papeles del circo.
Los sacó del bolsillo con ánimo de tirarlos a la papelera pero algo extraño llamó su atención.
No recordaba haber visto, en el pequeño programa, ninguna ilustración, pero debajo del nombre de la adivinadora, aparecía una especie de dibujo.
Poniéndose las gafas de leer, fijó su vista en la ilustración y descubrió, sorprendido, que aquella pequeña imagen era la de su coche con él dentro.
No podía ser. Volvió a mirar y notó como si el dibujo le hablase: “Si, soy tu en tu coche”.
Tragó saliva y se llevó la mano derecha al lóbulo de la oreja, que era como hacía siempre, inconscientemente, cada vez que algo lo perturbaba.
Se oyó a si mismo decir otra vez: “es imposible” pero, también, otra vez la ilustración respondió –esta vez con un ligero tono de irritación- “Que si. Que soy tu mismo.”
Su frente comenzó a llenarse de gotas de sudor. Un sudor frío producto del escalofrío que notó recorriendo todo su cuerpo.
Se desmayó.
Cuando despertó, se encontraba en una cálida cama del Hospital Provincial.
La televisión, que tenía encendida su compañero de habitación, comentaba la noticia:
“Son seis, al menos, los afectados por la intoxicación por setas alucinógenas en nuestra ciudad. La alarma se destapó cuando los familiares de algunos de ellos, los llevaron al Hospital después de descubrir que estaban sufriendo alucinaciones, tanto visuales como auditivas…”
Sobre la mesa de la sala de su casa, el dibujo del programa, poco a poco, comenzó a desaparecer.
servido por Antonio
sin comentarios
compártelo
17 Febrero 2008
La explosión le había sorprendido parado en el arcén, mientras consultaba el mapa de carreteras.
Elevó su mirada y pudo ver como el avión se alejaba tomando altura.
Vio detrás del recodo de la carretera el pueblo y supuso que la base aérea estaba cerca
En esto, otro avión en vuelo rasante, rompió –o eso supuso él- la barrera del sonido.
El ruido volvió a ser, como el de antes, aterrador.
Por las calles del pequeño pueblo la gente discurría, tan tranquila, como si nada hubiese pasado.
Pero tenían que haberlo oído.
Inexplicablemente, nadie se había dado cuenta de lo que ocurría o, al menos, nadie daba muestra de haber oído aquel terrible estruendo.
Comenzó a adentrarse por lo que parecía la calle principal observando que, a su lado, la gente pasaba como si tal cosa, como si nada hubiese sucedido.
Los escaparates de las tiendas, repletos de las más variadas mercancías, reclamaban su atención y la de los otros paseantes con sus atractivos anuncios luminosos, parpadeantes.
Bajó un poco más el volumen de la radio de su coche. Una canción de Frank Sinatra sonaba en la emisora en aquel momento.
El pueblo, efectivamente, estaba en las proximidades de la base aérea, hacia donde él se dirigía para entregar aquellos paquetes.
Otro avión, este, volando un poco más alto, se perdió detrás de la única nube que se veía en aquel cielo claro y limpio.
Sin darse cuenta, estaba llegando al final de la calle y también al final de aquel pueblo.
Entonces se fijó en el cartel y todo cobró sentido:
ESTÁ SALIENDO USTED DE SILENCEVILLE, PRIMER PUEBLO DE SORDOMUDOS AUTÓNOMOS DEL PAÍS. QUE TENGA BUEN VIAJE Y REGRESE PRONTO.
servido por Antonio
sin comentarios
compártelo