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La Coctelera

ESCRITOS DESDE CASA

Enred@ndo con la palabra

2 Octubre 2008

EL CLIENTE HONRADO Y LA CAJERA DEL SÚPER

Cuando volvía de la ciudad recordó que tenía que pasar por el supermercado para comprar cuatro cosas que le faltaban en casa.

Bordeó la rotonda y se dirigió al centro comercial, entró en el aparcamiento y, como siempre, dejó su coche en el punto más alejado de la puerta de entrada del supermercado.

Rebuscó en su bolsillo la moneda para el carrito e insertándola en la ranura correspondiente, entro en el súper.

En aquel pequeño establecimiento casi siempre hacía el mismo recorrido. Comenzaba por el primer pasillo y los iba recorriendo uno a uno –eran cuatro- de arriba abajo, con lo cual, en un nada de tiempo, pasaba por todas las secciones del local.

Le gustaba aquel súper mucho más que las grandes superficies y era raro que tardase más de diez o quince minutos en hacer la compra.

Aquel día solo tenía que llevar vino, cava, desodorante y pienso para los perros.

En el primer pasillo cogió el vino y el cava; al fondo de este, giró a la izquierda y pasó por delante de los expositores de los congelados y del bazar. Continuó adelante y al final, giró a la derecha para detenerse en la sección de droguería donde tomó el desodorante. Siguió su camino tantas veces repetido y volvió a girar a la izquierda para ir hacia la salida y, de paso, coger el saco de pienso para los perros.

Al llegar a la caja, le atendió la chica que siempre se equivocaba al cobrarle el importe de la compra. En cuanto le vio, se sonrió y le dijo:

- Veamos en que me equivocó hoy con usted. Siempre se me pasa cobrarle algo. Él también sonrió recordando de donde venía aquello.

Una vez solo le había cobrado seis de las ocho botellas de cava que llevaba; él se dio cuenta y volvió al rato a la caja para pagar las otras dos. Otro día, fue una caja de cartones de leche y también volvió para pagarlos.

Desde entonces, aquella cajera, feúcha y simpática, cada vez que lo veía, se sonreía y se ruborizaba.

Un día, estando el supermercado abarrotado, en cuanto comenzó a poner los artículos que acababa de comprar sobre la cinta que los acercaba a la caja, la chica dijo en voz alta:

- “Tiemblo. ¿En qué me equivocaré hoy con usted? Menos mal que se da cuenta y vuelve a pagar que si no…”

El sonrió diciendo:

- Tranquila. Los ladrones somos gente honrada.

Hoy parecía que la chica no se había equivocado en nada y él, se dirigió al coche para guardar la compra.

Mientras colocaba las cuatro cosas en el maletero, sonrió.

¿Qué diría aquella chica si supiese que él, el cliente honrado, era el atracador de bancos más buscado de la nación?

Repasó el ticket de la compra, comprobó que estaba todo bien y silbando, arrancó el coche y se dirigió a su casa; a su guarida.

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