LA TORMENTA
Los efectos del temporal eran fácilmente apreciables. Tan solo con volver la mirada hacia los árboles de la plaza cualquier persona podía suponer la fuerza destructora que había caído sobre el pueblo.
Unos cuantos trabajadores del ayuntamiento se afanaban en retirar trozos de ramas que se veían desperdigadas alrededor de la fuente de piedra.
La tormenta había estallado por sorpresa, sin previo aviso y ni protección civil, ni los servicios meteorológicos del estado habían advertido de su llegada.
Entre la gente el comentario más oído era que esto no lo recordaba ni los más viejos del lugar y que algo pasaba, algo estaba haciendo que la climatología cambiase de aquella manera.
Las voces del pueblo, cada vez más frecuentemente, hablaban del cambio climático e incluso había quien achacaba a la proximidad de la central nuclear, a la contaminación, los repentinos cambios de tiempo que se venían produciendo.
Márquez, el jefe de puesto del cuartel de la guardia civil, tomó el coche y se acercó a las puertas de la central nuclear para entrevistarse con Santiago, el jefe de seguridad y su amigo desde hacía muchos años. Esperaba que los daños producidos por el temporal en la planta de energía fuesen mínimos.
Al llegar a la puerta de la central, algo le llamó la atención: la barrera de control de acceso se encontraba tirada en el suelo, arrancada de cuajo de sus soportes, y supuso que allí el temporal también había dejado su impronta.
La garita del vigilante de la puerta parecía intacta, pero cuando la rebasó con el coche, pudo observar, atónito, que lo único que se mantenía en pie, era la parte frontal, el resto se podía ver desperdigado por el contorno.
Esto le asustó. Aceleró un poco más el coche oficial y se aproximó a la entrada del edificio donde se encontraban las oficinas administrativas y la dirección de la planta.
Tras detener su vehículo delante de la puerta de entrada, se acercó apresurado a esta, la empujó y al entrar en el vestíbulo un estremecimiento recorrió su cuerpo. El edificio estaba sin tejado. Parecía que el viento lo había arrancado de cuajo y miles de folios ocupaban toda la estancia.
En ese momento se percató que desde que había llegado no había visto ni a una sola persona.
Un nudo atenazó su garganta. ¡Que podía haber pasado? ¿Dónde estaban todos?
Volvió sobre sus pasos retornando al coche y con la emisora, llamó al cuartel:
Ríos, Ríos, ¿me recibes?, cambio.
Nada. A través de la emisora solo llegaba ruido de parásitos. Lo intentó otra vez:
Ríos, Ríos, ¿me recibes?, cambio. Silencio.
Del bolsillo de su pantalón tomó el teléfono móvil con intención de llamar a sus compañeros y entonces advirtió que la pantalla del móvil estaba en blanco.
Cada vez más asustado y desconcertado, puso en marcha el coche y se dirigió al edificio central de la planta nuclear.
Nubes de vapor salían de las torres de refrigeración y le pareció que el runrún de lo que él denominaba gigante dormido, se había hecho más profundo desde la última vez que había estado allí.
Volvió a intentar comunicarse con sus compañeros pero la emisora seguía fuera de servicio.
Aparcó muy cerca de la puerta de entrada. Está, como mandaban las normas, se encontraba cerrada y pulso el botón del intercomunicador para que le abriesen.
Silencio. Como respuesta solo recibió silencio. Su angustia crecía de manera exponencial cada vez que pulsaba el intercomunicador y no recibía respuesta.
Deslizó su mano derecha hacia la manilla metálica de la puerta de entrada y, con el ánimo sobrecogido, presionó y la puerta, también sin ningún ruido, se abrió.
Entonces creyó entenderlo todo. Tras la puerta no había nada, solo una gigantesca sima se abría a sus pies. La central nuclear había dejado de existir.
Ni siquiera se preguntó porque. Solo sintió que a él, como al resto de los habitantes del pueblo, y sabe dios a cuantos más, el tiempo se les había acabado.
Miró hacia el fondo inalcanzable de la sima y, con decisión, saltó.
