Sus dedos, a pesar de los guantes polares que las protegían, estaban empezando a notar los efectos del frío.
Comprobó otra vez la temperatura y constató que estaba a dieciocho grados bajo cero.
Continuó moviéndose, escarbando entre aquellos bloques de hielo, intentando encontrar, de una vez, aquel paquete que parecía que había desaparecido.
La sensación de frío cada vez era mayor. Los gruesos guantes que protegían sus manos, al mismo tiempo entorpecían su labor. Decidió sacarse uno de ellos para ver si podía palpar mejor entre el hielo y así encontrar lo que buscaba.
Imposible, dieciocho grados bajo cero era demasiado frío para resistirlo.
Volvió a colocarse el guante y, a pesar de la poca visibilidad, intento concentrar su vista para ayudarse, así, de un sentido más en su búsqueda, infructuosa hasta el momento.
Decidió darse un respiro. Sin sacarse los guantes, colocó sus manos bajo los sobacos para intentar calentarlas y así permaneció un rato.
Cuando notó que la circulación volvía a calentar su manos, se puso otra vez a buscar, removiendo el hielo.
Después de un rato mas de inútil búsqueda, una idea, tenaz y persistente, rondó por su cabeza.
“Aquí es imposible encontrar nada, ya puedo estar así toda la vida. Tengo que descongelar este puñetero arcón congelador más a menudo.
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