CAMINOS DIVERGENTES
Al doblar la esquina se tropezó con él y tras un momento de sorpresa ocurrió eso que tantas veces nos ha hecho reír en el cine, uno y el otro empezaron a desplazarse al unísono, pero hacia el mismo sitio, alternativamente.
Tras cuatro o cinco enfrentamientos vacilantes, él, decidió parar.
- Lo siento, no sabe cuanto lo siento. Iba tan apurado que no advertí su presencia.
- No se preocupe, la culpa es mía. Yo también llevaba la cabeza en las quimbambas.
Después de varios “lo siento”, continuaron sus divergentes caminos.
Continuó a toda velocidad realizando gestiones aquí y allá, parecía que la vida se le iba en ello.
Tanta era la prisa que llevaba, que ni siquiera esperaba a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones, con el riesgo de ser atropellado por un coche.
Tras salir del banco, al doblar otra esquina, se volvió a tropezar.
- Lo siento, no sabe cuanto lo siento. Iba tan apurado que no advertí su presencia.
- No se preocupe, la culpa es mía. Yo también llevaba la cabeza en las quimbambas.
Después de varios “lo siento”, continuaron sus divergentes caminos.
De repente, algo en su interior sonó, algo que le hizo detenerse de inmediato.
- Un momento… esto me acaba de pasar hace un momento… Pero, ¿Cómo?
Desanduvo lo andado y a llegar a la esquina se puso de puntillas, ojeando a lo lejos para intentar encontrar a aquel hombre que había tropezado con él.
Lo vio, estaba como a cincuenta pasos por delante y parecía que daba la vuelta y se dirigía hacia él.
Continuó caminando y esta vez los caminos convergentes, cada vez, los acercaban más el uno al otro.
Hasta que por fin se encontraron. Su sorpresa fue mayúscula. Aquel hombre era exactamente igual a él. No, no es que fuese exactamente igual, no, es que era él mismo.
Se había tropezado consigo mismo dos veces y hasta la segunda no lo había advertido.
Acercó su mano a la mano de su propia imagen, se tocaron y la sensación fue de fundirse en una sola persona.
Asustado pero resuelto al mismo tiempo, dio un pequeño salto hacia delante y se embutió dentro de su propia imagen, se palpó el cuerpo y en aquel mismo instante decidió que si no se había reconocido a si mismo, nadie le podía reconocer, tanta prisa no podía ser buena.
Cruzo la calle -esta vez esperando a que el semáforo se pusiese verde para los peatones- y en el parque, al otro lado, se sentó en un banco y comenzó a escuchar como cantaban los pájaros
Al poco tiempo, con calma, se durmió y tuvo sueños de colores.
