EL HOSPITAL
El hospital, en aquel momento, hervía de actividad. La última remesa de heridos había colapsado, por un momento, la recepción en urgencias.
Aquel doble atentado con dos coches bomba en lugares tan lejanos de la ciudad, desconcertó, más si cabe, a los mandos de las tropas americanas.
Los médicos militares fueron distribuyendo a los heridos según el cuadro que presentaba cada uno de ellos.
Cuando terminó su turno, el comandante médico a cargo del hospital, comenzó en su despacho a repasar, una a una, las historias clínicas de los soldados heridos.
Menos mal que no son muchas, pensó mientras tanteaba el montón de carpetas con los informes. Estoy que no puedo más.
Comenzó a distribuir las carpetas a medida que las leía. De vez en cuando, subrayaba algo o anotaba al margen alguna observación.
Cuando ya había terminado y se disponía a marcharse a dormir, algo hizo que se volviese a sentar y tomase de uno de los archivadores donde había colocado las historias clínicas, dos de ellas.
En silencio, volvió a leerlas. Alternativamente su vista recorría, casi a la par, los dos informes.
Tiene que haber algún error. ¿Cómo es posible que estos dos soldados, cada uno en un lugar diferente, a kilómetros de distancia, tengan las mismas heridas y los mismos síntomas postraumáticos? O es un error, o es una casualidad casi imposible que se produzca.
Con los dos expedientes en la mano, se dirigió a la sala donde, en teoría, tendrían que estar aquellos dos hombres.
Verás como solo hay uno, se iba diciendo.
Cuando entró en la habitación, el teniente médico acababa de examinar a uno de los heridos y al ver a su jefe, lo saludó.
Teniente, respondió el comandante y preguntó a su vez:
¿Quiénes son Paul Méndez y Andy Ripley?
Son estos dos, señor, respondió el teniente.
¿A usted también le extrañó?
Por supuesto. Es algo que no había visto en toda mi carrera. Creí que se debía a un error de identificación, pero ya veo que no es así.
No señor, eso pensé yo también. Pero ahí están, los dos con las mismas lesiones. Todo en su cuadro clínico es exactamente igual. La misma tensión, la misma profundidad en sus heridas, el mimo grupo sanguíneo… todo.
El comandante tomó las gráficas que estaban sujetas por una presilla a los pies de las camas y mientras movía ligeramente la cabeza de un lado a otro, murmuraba: increíble.
Los días fueron pasando y la evolución de aquellos dos heridos, corría a la par.
Poco a poco iban recuperándose aunque, según los médicos, las secuelas que les quedarían serían importantes.
Los dos habían perdido la memoria y la vista, solo sabían sus nombres porque el personal de hospital así se lo había dicho.
Paul y Andy.
A la semana de estar ingresados, Paul y Andy comenzaron a hablar. Primero fue Paul y al minuto, mientras lo examinaban, comenzó Andy.
Hasta para eso parecían haberse puesto de acuerdo.
A la semana siguiente ya se podían incorporar en la cama y Paul le comentó a Andy:
¿Que te juegas a que soy el primero en caminar por la habitación?
Andy le respondió: Apura, apura a caminar, verás como al poco tiempo lo haré yo.
Y así ocurrió.
Durante este tiempo, los médicos habían sometido a los heridos a un sinfín de pruebas y análisis. Así descubrieron que, en su sangre, existía una enzima muy poco común, una sustancia que hacía que su sangre fuese no solo compatible, sino que la convertía en idéntica.
Un día, Andy, espontáneamente, sufrió una hemorragia.
Al estar continuamente monitorizados, no tuvo mayor importancia. Lo solucionaron transfundiéndole unas unidades de sangre de Paul y el episodio, quedó solucionado.
A los pocos días, lo mismo le ocurrió a Paul. Los médicos, que ya se lo esperaban, lo solucionaron de la misma manera.
La recuperación de los dos continuaba a buen ritmo. Entre ellos se había formado un vínculo que cada vez se estrechaba más. Siempre estaban pendientes el uno del otro.
Al cabo de un mes, los doctores determinaron que se podía intentar una intervención para que recuperasen la vista.
Dadas sus características clínicas, y ante cualquier pequeño problema, decidieron que la intervención se realizaría a la vez.
En dos quirófanos adyacentes todo estaba preparado.
La operación fue sincronizada para que comenzara al mismo tiempo y finalizase, también, a la vez.
Todo salió según lo planeado y Andy y Paul entraron y salieron de sus respectivos quirófanos al mismo tiempo.
La recuperación, ya en la habitación fue rapidísima. A la semana los médicos decidieron quitarles los vendajes que cubrían sus ojos.
El momento era importante.
Aquellos hombres que no se conocían de nada, que en toda su vida no habían coincidido en ningún lugar ya que no tenían memoria anterior al atentado; aquellos hombres que durante su convalecencia habían forjado aquella amistad inquebrantable, se verían las caras, si todo iba como estaba previsto, aquella misma tarde.
Lo primero que hizo el personal del hospital fue separar las camas con un tupido biombo.
Después, dos equipos médicos, al unísono, comenzaron a descubrir los ojos vendados.
Ya está, dijeron. Listo.
Paul se dirigió a Andy:
Andy, dime que puedes ver.
Andy respondió:
Si. ¿Y tú?
Yo también. Respondió con voz emocionada Paul.
Entonces los equipos médicos se retiraron y solo el comandante quedó en la habitación con los dos soldados.
Voy a retirar el biombo para que os podáis conocer.
Dicho y hecho.
El biombo fue retirado. Sus cabezas se volvieron a la vez para verse y por fin, se conocieron.
Un silencio denso ocupó toda la habitación.
Comenzaron a hablar al mismo tiempo y se oyó la voz de los dos con un mismo tono de indignación y rabia:
No puede ser. No puede ser. Sáquenme de aquí inmediatamente.
El eco se mantuvo, vibrando, unos segundos.
Al verse, descubrieron que uno era blanco y otro negro.
