Indignado. Estaba completamente indignado.

Aquello había sido el colmo de lo colmos. El colmo de la mala educación y la falta de respeto.

A él, insigne notario, paradigma de la seriedad y reputado refrendador de voluntades, a él, no podían hacerle aquello.

Poco le faltó cuando aquel chiquilicuatro se dirigió a él, con aquel extraño aparato en la mano, le preguntó su nombre y filiación, para espetarle aquello de… usted no sabe con quien está hablando. Poco le falto.

Pero empecemos por el principio.

El había acudido a aquella sastrería, su sastrería de toda la vida, para que Marcelino, su sastre, también de toda la vida, le confeccionara el chaqué que vestiría el día que ¡por fin! se celebrase el enlace matrimonial –nunca se refería a esto como la boda, le parecía muy vulgar- de su hija.

Al entrar en la sastrería –hacía más de un año de su última visita- lo primero que le sorprendió fue el cambio en la decoración que se había producido desde que no había vuelto por allí.

El tono antiguo en las paredes, aquellos muebles castellano, recios y serios, habían sido sustituidos por unos colores vivos y unos pocos muebles y sillas que, a él, le parecieron zafios –después descubrió que aquella tendencia en la decoración se llamaba minimalista-. Tan sorprendido quedó al entrar que dudó ¿no se habría equivocado de local?

Se dirigió hacia aquello que parecía un mostrador de recepción y preguntó al joven que anotaba no se qué en una agenda electrónica:

- Buenos días, joven. ¿Marcelino… por favor?

El muchacho lo miró de arriba abajo y él noto su absoluta reprobación dirigida hacia la indumentaria que vestía.

- ¿Marcelino? ¡Huyyyyyyyy! Marcelino se jubiló hace más de un año. ¿Puedo ayudarte en algo?

Aquel tuteo imprevisto le descolocó todavía más, si cabe.

- Bueno… la verdad es que venía… en fin, quería hacerme un chaqué, pero quizás ya no se dediquen ustedes a esto….

- ¡Vaya, hombre! ¿Acaso no has leído el cartelito?

Mientras esto le decía, señaló a la pared donde, efectivamente, se encontraba el cartel al que aquel –realmente no sabía como calificar a aquel joven- digamos, muchacho se refería con un ligero mohín en los labios.

- Of course. Te podemos hacer un chaqué –pronunció algo así como “xaqué” – Te verás con él como un pincel.

Aquello de verse “como un pincel” tampoco le gustó demasiado al notario.

Estaba a punto de dar la vuelta y marcharse de allí a toda velocidad cuando recordó que el tiempo apremiaba. El enlace –nunca decía boda- era dentro de una semana y media y él se había despistado. No tenía demasiado tiempo para andar buscando otra sastrería.

Sin darle tiempo a preguntar nada más aquel joven lo tomó por el brazo y lo condujo hacia el interior de la tienda.

- Vamos a tomarte las medidas.

Le ayudó a despojarse – así fue como lo entendió él- de su chaqueta y con lo situó de espaldas a la pared donde se veían unas marcas de diferentes medidas.

Tomó de un cajoncito una especie de pistola láser y, después de recomendarle, medio en serio, medio en broma que no se moviese mientras que no se lo dijese, comenzó a efectuar pequeños disparos con aquel haz de luz. Cada vez que apretaba el gatillo, un pitido confirmaba que la medida había sido asentada en el ordenado portátil que estaba sobre aquel otro pequeño atril.

Aquella manera de tomar las medidas, la verdad, le gustó. Nunca había sido muy partidario de aquellos estiramientos a los que los sastres obligaban a los clientes para medirlos.

En nada, mientras se ponía la chaqueta, un dibujo esquematizado de su figura salió por una impresora medio oculta tras un florero con una sola flor.

- Dentro de tres días puedes venir a probar. Verás que “chic” te vas a ver.

- ¿Harán falta muchas pruebas?

- Faltaría plus. Respondió el muchacho. Only one.

Don Ildefonso García y Pérez del Pulgar –así se llamaba el notario y así, literalmente, figuraba en su tarjeta de visita, Don incluido- abonó el cuarenta por cien de los dos mil euros que le iba a costar el puñetero chaqué y salió de la sastrería, a toda velocidad hacia su despacho.

A los tres días se presento de nuevo nuestro ilustre notario en la sastrería El Ambiente, que así se llamaba, como pudo comprobar en la placa metálica que estaba clavada en la pared, a la entrada.

Pasó rápidamente al fondo y allí, René –que así se llamaba el muchacho que le había atendido- lo condujo hasta uno de los vestidores.

En un perchero de acero inoxidable colgaba el chaqué protegido con una funda de tela y celofán opaco .

- Ahora, Ilde, te voy a dejar solito para que disfrutes del momento. Cuando estés OK, avísame tocando el timbre.

Don Ildefonso, una vez que se quedó solo, procedió a desnudarse para probar el dichoso chaqué.

Dobló cuidadosamente sus pantalones y los depositó en un galán de noche que tenía al lado.

Se dirigió al perchero y después de pelearse un rato con la cremallera de la funda, extrajo el chaqué.

Le impresión que le causó fue tal que se desplomó, casi sin sentido, sobre una silla cercana.

La vena del cuello se le hinchó casi hasta reventar y sin voz –producto de la indignación y la sorpresa- pulso el timbre.

René se presentó al momento con una sonrisa beatífica en su rostro.

Al ver al notario sentado, mejor dicho derrumbado, en calzoncillos en la silla, su rostro tomó una expresión entre angustia y picardía:

- ¡Sacre die! ¿Qué ocurre, picaruelo?

El notario levantó el brazo y dirigiendo el dedo índice hacia el chaqué, casi sin voz dijo:

- Pero… ¿Qué es esto?

De la funda del perchero sobresalía la manga de la chaqueta del chaqué o algo así supuso que sería aquello.

De color lila y rematada por una chorrera de volates en tul crudo, la manga brillaba con luz propia en aquella estancia.

René termino de desempaquetar la prenda –y nunca mejor empleada la palabra prenda- y con una expresión de cierto reproche preguntó:

- ¿Es que no te gusta, mon cherri? Es lo último en Ámsterdam y París.

Entonces Ilde, Don Ildefonso, el ilustre notario, se desmayó.

Cuando despertó en la camilla, antes de introducirlo en la ambulancia que lo trasladaba al hospital, volvió a leer, esta vez con más detalle, aquella placa en la pared:

EL AMBIENTE. PAÑOS DE IMPORTACIÓN. TRAJES A MEDIDA PARA CEREMÓNIAS. ¿ENTIENDES?