Estaba claro que aquel no iba a ser el mejor día de su vida.

Lo había comprendido nada mas levantarse por la mañana. Un ligero dolor en el cuello se le despertó nada más incorporarse en la cama.

Mientras se duchaba, se terminó el gas y, el agua, gélida, recorrió su piel sin un ápice de misericordia.

La segunda taza de café, la que más disfrutaba, se volcó sobre el mantel al intentar apagar una brizna de tabaco ardiendo que le quemaba la mano.

Cuando salió a la calle, llovía a dios dar agua y el viento, casi le dio la vuelta al paraguas con el que se cobijaba.

El coche encendió perfectamente ¡menos mal! Pero al intentar cerrar el portalón de la huerta, las llaves le cayeron en un gran charco de agua.

Las recuperó entre el medio del barro y jurando en arameo entró en el coche y se dirigió a la cercana ciudad.

Mientras conducía, encendió la radio y un freír espantoso saludó sus oídos en vez de la acostumbrada música con la que comenzaba el día.

Al llegar a su trabajo, dio cuatro vueltas intentando aparcar, pero nada. Cada vez llovía más.

Vio que el coche rojo que salía sobre las seis de la mañana, todavía continuaba aparcado. Se paró en doble fila esperando a que su dueña marchase y ocupar así su sitio, pero el camión de los barrenderos, al no poder pasar, le arreó dos fogonazos con las luces que le obligaron a dar la vuelta a la manzana.

Mientras esto ocurría, recordó que no había oído la alarma del teléfono que utilizaba como despertador y supuso que, con el día que llevaba, también se le habría estropeado el teléfono. ¡Era lo que faltaba!

Mientras se volvía a detener en doble fila esperando a que el coche rojo saliese, tomó el teléfono para verificar si, realmente, se había estropeado.

En definitiva, aquel no era su día.

La alarma del teléfono no había sonado porque estaba programada para que saltase todos los días menos los domingos.

Con una media sonrisa y una imprecación completa, guardó el teléfono en el bolsillo.

Aquel día, aquel nefasto día, era domingo y él no tendría que haber ido a trabajar.