Tarde. Por mucho que corriese, iba a llegar tarde.
¡Tenía que ser hoy, precisamente, cuando se quedase dormido!
¿Qué pensarían de él?
Siempre se había mostrado muy exigente consigo mismo, siempre.
Pero lo de hoy…
Aquel día era especial. Desde primera hora de la mañana, cientos de personas esperaban, con impaciencia, su llegada.
Habían preparado aquel acto con esmero. El día anterior, una empresa de transporte y logística, había colocado, convenientemente separados, los grandes atados de leña que servirían para calentar, allí en la cima, los enormes calderos rebosantes de leche fresca.
Y él… tarde.
Y eso que le habían advertido del “peligro” de aquel vino delicioso. Pero… a él… ¿Qué le podía pasar?
Pues… eso. Su naturaleza humana sucumbió a aquella mezcla de vino y licores tan sabrosa y también, realmente… tan “cabezona”.
Terminó de recorrer los últimos metros de la cuesta que conducía a la cima y los vio allí. Todos estaban sentados, esperándole.
¿Qué les podía decir?
Casi era la hora de comer y más de quinientas personas se encontraban desperdigadas a lo largo y ancho de la ladera.
Algunos le miraron con desdén. Otros, ni siquiera volvieron la cabeza para verlo.
Tenía que hacer algo y… rápido si no quería que su prestigio, quedase por los suelos
Se fijó en que las hogueras que deberían calentar las marmitas estaban apagadas y otra vez recordó que la hora de comer se aproximaba.
En cuestión de segundos tomó una decisión.
Los grandes canastos comenzaron a llenarse, por arte de birle-birloque, de pan.
Al lado de estos, las cestas de mimbre, vacías hasta el momento, aparecieron rebosantes de peces.
El milagro del desayuno de maná del cielo, se convirtió, así, por haber llegado tarde y por efecto de aquella terrible resaca, en el de la multiplicación de los panes y los peces.

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