La explosión le había sorprendido parado en el arcén, mientras consultaba el mapa de carreteras.
Elevó su mirada y pudo ver como el avión se alejaba tomando altura.
Vio detrás del recodo de la carretera el pueblo y supuso que la base aérea estaba cerca
En esto, otro avión en vuelo rasante, rompió –o eso supuso él- la barrera del sonido.
El ruido volvió a ser, como el de antes, aterrador.
Por las calles del pequeño pueblo la gente discurría, tan tranquila, como si nada hubiese pasado.
Pero tenían que haberlo oído.
Inexplicablemente, nadie se había dado cuenta de lo que ocurría o, al menos, nadie daba muestra de haber oído aquel terrible estruendo.
Comenzó a adentrarse por lo que parecía la calle principal observando que, a su lado, la gente pasaba como si tal cosa, como si nada hubiese sucedido.
Los escaparates de las tiendas, repletos de las más variadas mercancías, reclamaban su atención y la de los otros paseantes con sus atractivos anuncios luminosos, parpadeantes.
Bajó un poco más el volumen de la radio de su coche. Una canción de Frank Sinatra sonaba en la emisora en aquel momento.
El pueblo, efectivamente, estaba en las proximidades de la base aérea, hacia donde él se dirigía para entregar aquellos paquetes.
Otro avión, este, volando un poco más alto, se perdió detrás de la única nube que se veía en aquel cielo claro y limpio.
Sin darse cuenta, estaba llegando al final de la calle y también al final de aquel pueblo.
Entonces se fijó en el cartel y todo cobró sentido:
ESTÁ SALIENDO USTED DE SILENCEVILLE, PRIMER PUEBLO DE SORDOMUDOS AUTÓNOMOS DEL PAÍS. QUE TENGA BUEN VIAJE Y REGRESE PRONTO.

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