Subió a toda prisa los ciento cuarenta y siete escalones que lo separaban del balcón.

La linterna del faro acababa de encenderse cuando él llegó arriba.

Aunque la mar parecía en calma, no pudo evitar lanzar una mirada profesional sobre el gran barómetro sujeto a una de las columnas de la cúpula del faro.

Todo en orden. Recorrió con la vista los otros aparatos que formaban aquella pequeña estación meteorológica y no observó nada anormal.

Esa misma tarde había revisado y engrasado los engranajes que hacían girar la gran linterna y esta, se deslizaba suavemente, sin el más mínimo ruido.

También, por la mañana, aprovechando aquel espléndido día de sol, estuvo limpiando las ópticas y vidrios de la linterna, algo fundamental para que la luz del faro brillase con toda su potencia y lograr, así, que obtuviese su alcance máximo.

Durante su carrera como farero –treinta años ya- en las diferentes torres en las que había prestado servicio, siempre se había sentido orgulloso de que el haz de luz llegase lo más lejos posible. Y lo había conseguido, según decían las mediciones efectuadas por sus jefes.

Se dirigió, recuperando el aliento, al perchero del que colgaba su chaquetón y aunque la noche parecía en calma, se embutió en él y, de paso, se puso aquel gorro de abrigo que su mujer le había calcetado hacía más de diez años.

Él sabía que, a aquella altura, el más mínimo aire podría provocarle uno de aquellos temidos resfriados.

Ya con la mano en el pomo de la puerta que daba acceso al balcón que rodeaba la linterna, retrocedió hasta el colgador; tomó y se puso la bufanda. ¡Uf! ¡Casi se olvida!

Así, perfectamente pertrechado, abrió la puerta, salió al balcón y con todas sus fuerzas, extendiendo al mismo tiempo sus brazos en cruz, gritó:

GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLL!!!!!!!!!!!!!!!!

Volvió a entrar, cerró la puerta y mientras volvía a poner la bufanda, el gorro y el chaquetón en el perchero y comenzaba a bajar aquellos ciento cuarenta y siete escalones, murmuraba:

¡Que lata que mi mujer tenga el sueño tan ligero y que el más mínimo ruido la despierte!

Él, para no molestarla, subía a desahogarse “cantando el gol” a la linterna del faro.

Se acomodó en el sillón al lado de su mujer que dormía, plácidamente, y continuó viendo el partido en la televisión.

Aquella noche fue agotadora. Estaban televisando España-Malta.

El resultado: España: 12, Malta: 1