Él, como los demás, también sonrió con las habilidades del pequeño tití.

Cuando le birló el reloj al espectador que había sido llamado a la pista para colaborar en el juego, el público, estalló en un aplauso ensordecedor.

A continuación, el domador, tomó de la mano al tití y, después de una graciosa reverencia, se retiró tras la cortina que separaba la pista del interior del circo.

La función remató con el acostumbrado desfile de todos los participantes en el espectáculo.

Poco a poco, los espectadores fueron abandonando la carpa y a la salida, una bella azafata, les entregó un programa y una invitación para la nueva representación que tendría lugar dentro de un par de días.

Prácticamente sin mirarlo, guardó el programa y la invitación en el bolsillo y se dirigió a la plaza cercana donde tenía aparcado su coche.

No sabía muy bien porque había ido al circo.

No era, precisamente, el espectáculo que más le gustaba, casi al contrario, en su recuerdo infantil, el circo era algo triste, algo que le producía un sentimiento más melancólico que una sensación de alegría.

Mientras se acomodaba en el coche y se ceñía el cinturón de seguridad, el programa y la invitación cayeron de su bolsillo.

Se inclinó para recogerlos del suelo y sus ojos, entonces, se fijaron en el panfleto.

Con ese estilo grandilocuente y sonoro, propio del circo, en el programa se anunciaba: “…. El espectáculo nunca visto… El más grande espectáculo del mundo… Solo ella podrá adivinar hasta sus más recónditos secretos… La bella Esmeralda y su bola de cristal.””

Volvió a guardar los papeles en el bolsillo de su chaqueta y, encendiendo el coche, se dirigió a su casa.

A la mañana siguiente su mano volvió a tropezar con los papeles del circo.

Los sacó del bolsillo con ánimo de tirarlos a la papelera pero algo extraño llamó su atención.

No recordaba haber visto, en el pequeño programa, ninguna ilustración, pero debajo del nombre de la adivinadora, aparecía una especie de dibujo.

Poniéndose las gafas de leer, fijó su vista en la ilustración y descubrió, sorprendido, que aquella pequeña imagen era la de su coche con él dentro.

No podía ser. Volvió a mirar y notó como si el dibujo le hablase: “Si, soy tu en tu coche”.

Tragó saliva y se llevó la mano derecha al lóbulo de la oreja, que era como hacía siempre, inconscientemente, cada vez que algo lo perturbaba.

Se oyó a si mismo decir otra vez: “es imposible” pero, también, otra vez la ilustración respondió –esta vez con un ligero tono de irritación- “Que si. Que soy tu mismo.”

Su frente comenzó a llenarse de gotas de sudor. Un sudor frío producto del escalofrío que notó recorriendo todo su cuerpo.

Se desmayó.

Cuando despertó, se encontraba en una cálida cama del Hospital Provincial.

La televisión, que tenía encendida su compañero de habitación, comentaba la noticia:

“Son seis, al menos, los afectados por la intoxicación por setas alucinógenas en nuestra ciudad. La alarma se destapó cuando los familiares de algunos de ellos, los llevaron al Hospital después de descubrir que estaban sufriendo alucinaciones, tanto visuales como auditivas…”

Sobre la mesa de la sala de su casa, el dibujo del programa, poco a poco, comenzó a desaparecer.