Aquella mañana se había levantado media hora antes de lo normal.

Siguiendo las recomendaciones que tan bien conocía sobre la indumentaria a portar en trabajos de riesgo, se esmeró en vestirse con prendas cómodas pero ceñidas, prendas sin extremos colgantes susceptibles de ser o quedar enganchados por algún objeto. Los zapatos, romos y planos, le proporcionarían una estabilidad idónea.

Repasó ante el espejo su vestimenta y la encontró satisfactoria.

Mientras tomaba un café en la mesa de la cocina, repasó aquella nota donde, desde hacía unas semanas, iba apuntando escrupulosamente todos sus objetivos.

Miró el reloj de pared y constató que llegaría a su destino a tiempo, posiblemente, media hora antes de que empezase la acción.

Salió de su casa y con paso decidido y firme, sin pararse a hablar ni saludar a nadie, se dirigió, como un misil, a la posición elegida.

Lo había calculado todo, decía mentalmente mientas caminaba con paso rápido. En el croquis que había dibujado ni un solo detalle quedaba al azar, cual era el camino más corto, como situarse a la entrada, a donde dirigirse en primer lugar…

La experiencia le había enseñado que nunca merecía la pena distraerse, en su mente estaba grabado aquello de golpear como una serpiente, en silencio, y retirarse a la misma velocidad.

La vez anterior venció a una de sus contrincantes, porque esta perdió una fracción de segundo expresando, con un gritito de admiración, su asombro ante el material en disputa.

Pero eso a ella, no le pasaría. Eran muchos días -meses más bien- entrenándose para aquella ocasión.

Ya estaba llegando. Eran las nueve y media. Cuatro contrincantes ya estaban allí. Se miraron, se estudiaron calibrando las posibilidades de cada una. La tensión, como dicen en las novelas, flotaba en el ambiente.
Solo faltaba media hora para que comenzase el primer día de las rebajas de enero.