EL PRIMER DESCONCIERTO CON USO DE RAZÓN
En el medio de aquella atmósfera silenciosa y oscura me encontraba yo, Una música lejana y monótona, hacía que el ambiente se volviese, si cabe, más angustioso.
Me había preparado a conciencia para dar aquel paso y si alguien, hace solo dos años, me hubiese contado lo que iba a suceder, no le habría hecho el más mínimo caso.
El grupo lo formábamos diez personas y nuestra actitud, la de todos, era similar.
Allí estábamos, sentados en aquellos bancos duros y fríos haciendo lo posible por cumplir con aquel compromiso que nos habíamos impuesto.
Una lejana voz, por los altavoces, nos iba llamando por nuestros nombres y apellidos. Si no calculaba mal, al tercero que llamarían sería a mí.
Repasé mentalmente las pautas que durante aquellos dos meses de intensiva preparación se habían grabado en mi cerebro de forma indeleble.
Examinada a fondo mi conciencia, no había encontrado nada digno de mención, solo, ciertamente, una cierta pena me invadía, un dolor sordo, al recordar aquel sufrimiento infligido a Manuel, el novato
Me propuse no volver a hacerlo nunca más.
En ese momento se escucho mi nombre.
Me levanté del banco y me dirigí hacia donde antes se habían encaminado mis compañeros. Ahora venía lo peor.
Mis pasos resonaban en la inmensidad de la iglesia. Llegué al confesionario y la voz del párroco me recibió con aquel Ave María purísima que sonó a pregunta de espía en el Check Point Charlie del Berlín de los años 60.
Inconscientemente, me mantuve en silencio. Solo la respiración del cura, pausada y fuerte, se escuchaba en el recinto y entonces recordé que él esperaba mi contraseña, mi respuesta, para seguir:
- Sin pecado concebida; respondí en voz baja.
La contraseña era correcta y las puertas centrales del confesionario, antes semicerradas, se abrieron de par en par.
Después, prosiguió con aquellas preguntas que sabía que haría y que, de más mala que de buena gana, fui respondiendo una a una.
Terminado el interrogatorio, quedaba escuchar la sentencia, bueno, quiero decir, cumplir la penitencia.
Los mayores nos habían contado que aquel sacerdote era de los que “no cargaban la mano” en el asunto de las penitencias y a no ser que hubieses sido uno de los soldados que apresaran a Cristo en el huerto de Getsemaní, con dos o tres padrenuestros quedabas arreglado.
Así fue. “Reza dos padrenuestros y procura no pecar más” me dijo.
Mientras el cura, en un idioma rarísimo, terminaba de pronunciar el conjuro con el que me serían perdonados mis pecados y con su mano derecha trazaba una gran cruz en el aire, yo a mis ocho años y según la iglesia, con uso de razón, acababa de efectuar mi primera confesión.
Solo faltaba cumplir la penitencia y así lo hice sin dilación.
Recé los dos padrenuestros y salí de la iglesia libre de pecado.
Acojonado pero libre de pecado al fin.
