EL HOMBRE Y EL PETIRROJO
Desde mi ventana le vi pasar cargado, con una gran caja al hombro. Parecía pesada.
Al llegar al jardín depositó, con aparente esfuerzo, la caja sobre el muro bajo y estirándose, como desentumeciéndose, del bolsillo trasero del pantalón sacó un pañuelo con el que se enjuagó el sudor que tenía en su frente y en el cuello.
Resoplando, guardó el pañuelo y se sentó en el murete, al lado de la caja.
Apoyando las palmas de las manos sobre sus piernas, levantó la cabeza y mientras que paulatinamente normalizaba su agitada respiración, fijó su vista en algún punto que, yo desde mi ventana, no pude distinguir.
En ese momento, un pequeño pájaro, un petirrojo, se posó sobre su hombro izquierdo.
Lentamente volvió la cabeza y sin prisa, fijando la vista en el pajarillo, levantó su mano, extendió un dedo y el petirrojo, como en un ejercicio mil veces ensayado, dio un pequeño salto y se encaramó sobre aquel dedo que, incluso desde mi ventana, parecía gigantesco.
Era tal el contraste entre la fragilidad del diminuto pajarillo y la inmensidad de aquella mano que una señora que pasaba en aquel momento por allí, se paró para observar con detalle aquella especie de prodigio.
Al cabo de un rato, el hombre elevó su dedo, como señalando al cielo y el pajarillo emprendió de nuevo el vuelo.
Desde mi ventana pude distinguir la placidez en el rostro de aquel hombre que, otra vez, sin prisa, retomo la gran caja sobre sus hombros y con decisión, reemprendió de nuevo su camino.
Si yo hubiese sido un pintor o un fotógrafo intentaría inmortalizar aquel momento con un trazo rápido o una instantánea.
Como no lo soy, ahora, cierro los ojos y con una sonrisa los vuelvo a ver de nuevo.
