Cuando era pequeño, en casa de mi abuela –donde me crié- , existía un duende que escondía las cosas que no estaban en su sitio.

Me explico:

En el dormitorio de mi padrino había un buró (que es el que tengo yo ahora y donde estoy escribiendo estas líneas) Contenía un sinfín de cosas que, a un niño como yo le parecían atractivas, casi mágicas.

Al levantar la persiana del buró, al fondo, sobre una serie de pequeños estantes, se encontraban depositadas gomas de borrar, papel de cartas, sellos de correos…

Padrino no era, en absoluto, una persona de dogmas ni de lemas. Solo en lo concerniente al contenido del buró era tajante:

“CADA COSA EN SU SITIO Y UN SITIO PARA CADA COSA “

Durante aquellas largas tarde de invierno cuando, por la lluvia y el frío, mi abuela no me dejaba salir a jugar a la calle, solía refugiarme en aquella habitación.

Mientras mi abuela trajinaba por la casa, aprovechando que estaba ocupada, me sentaba delante del buró y. con precaución y sigilo, abría lentamente la persiana del mismo para contemplar todas aquellas cosas que me fascinaban.

Las miraba y las miraba. Las tocaba. Ordenaba y barajaba, una y otra vez, aquellos montoncitos de tarjetas de visita que descansaban en uno de aquellos estantes.

Una de aquellas tardes, mi abuela me encontró en “plena maniobra”. Lejos de enojarse, como supuse que haría, solo me advirtió que después de jugar volviese a colocar cada cosa en su sitio porque, si no… “el duende que esconde las cosas que no están en su sitio… te dará un disgusto”.

Sus palabras, lejos de impresionarme, sonaron vacías en mis oídos, tal era la atención con la que estaba “destripando” una pluma estilográfica –afortunadamente para todos ,sin tinta- que en aquellos días ocupaba toda mi atención.

Era una estilográfica Parker. Su plumín dorado (como de oro) con aquellas diminutas letras en los bordes –que nunca fui capaz de descifrar- ejercía una atracción, casi magnética, que no cesaba por mucho tiempo que durase mi observación y manipulación de la misma.

Aquella forma simétrica perfecta del plumín y aquellas letras, me tenían entusiasmado.

Cuando mi abuela me avisaba para cenar, recogía la estilográfica, cerraba la persiana del buró y salía a todo correr hacia la cocina.

Y así, iban pasando las tardes de crudo invierno. Un día la dichosa estilográfica (mi favorita), otra, el viejo reloj de bolsillo o ¡como no! aquellos sellos de caucho que , de manera incomprensible para mi, marcaban aquellas palabras que me parecían casi, casi, mágicas, como de conjuro de magos con turbante y perilla:

“ENDÓSESE”, “CONTABILIZADO”… Recuerdo especialmente uno que, después de echarle el aliento para que marcara el papel –afortunadamente, también para todos, aun no había descubierto el tampón de tinta para los sellos que, con toda seguridad mi padrino, conociéndome, tenía a buen recaudo- dejaba sobre el papel una V, así, mayúscula y al lado, a la derecha y en la parte superior, un redondelito apoyado en una especie de pequeño estante y, a continuación, una B, también mayúscula, acompañada por otro redondelito similar al anterior. (Vº Bº)

¡Cuánto tiempo tardé en entender lo que quería decir aquello! Mucho más tardé en comprender la importancia de aquel Visto Bueno en algunos documentos.

Un día, mientras vivía otra de aquellas maravillosas aventuras descubrí que la estilográfica no estaba en su sitio.

Después de buscarla con atención, le pregunté a mi abuela si ella o mi padrino la habían puesto en otro lugar.

Su respuesta, fue una pregunta:

- ¿Estás seguro de haberla puesto en su estuche después de terminar de jugar con ella?

- Si. Dije con total seguridad y rapidez.

Ella pareció no oír mi respuesta y, en el mismo tono dijo:

- … porque si no la dejaste otra vez en su lugar, seguro que el duende… se la ha llevado.

En ese momento recordé lo que me había contado sobre la existencia del duende que esconde las cosas que no están es su sitio.

- ¡Jo! ¡Que fastidio!

No podía ser. Yo la había vuelto a poner en su estuche… ¿o no?

La verdad es que estaba casi seguro… pero casi.

Miré con cierta precaución a los lados esperando ver –y al mismo tiempo, no ver- al duende observándome. Pero en la habitación, no había nadie más que yo.

Mi primer impulso fue salir corriendo hacia la seguridad que me brindaba la voz de mi abuela.

Me levanté de la silla y di un paso hacia la puerta pero, en esto me paré en seco.

¿Y si mientras escapo el duende vuelve y si quedó algo fuera de su sitio se lo lleva?

Con decisión –es decir, CAGADO DE MIEDO- volví al buró y de una ojeada comprobé que solo el sello con la palabra mágica (Vº Bº) estaba fuera de su cajita.

Lo coloqué en su lugar y, ahora si, valientemente –es decir, A TODA VELOCIDAD- salí “pitando” de la habitación.

Mi abuela con una ligera expresión burlona pero con mucho cariño, al verme tan “apurado” me consoló diciéndome que “… verás como, dentro de unos días, es posible que el duende que esconde las cosas que no están en su sitio, se canse de la pluma y la vuelva a dejar, casi, casi, seguro, muy cerca de donde la cogió”.

Los días fueron pasando. Durante muchos inviernos seguí jugando con las cosas del buró de mi padrino. Descubrí muchos más objetos sorprendentes que, creo, despertaron mi imaginación pero, siempre, al terminar de jugar, revisaba que todo quedase en su lugar.

El duende me ha acompañado hasta el día de hoy por todas las casas donde he vivido y algunas veces ha vuelto a hacer de las suyas.

Un bolígrafo, un mechero, un papel con una dirección o un número de teléfono… y eso que me esfuerzo en guardar las cosas en su lugar pero, cada vez que me despisto… ¡ZAS!

Por cierto, la famosa estilográfica volvió a aparecer al poco tiempo. El duende la dejó a los pies del buró, justo debajo de la alfombra.

La encontró mi abuela, casualmente, mientras barría la habitación.