EL AMO DE LA LUZ
Desde donde estaba sentado se apreciaba el espectáculo del mar embravecido golpeando, inmisericorde, las antiguas rocas.
El grueso cristal que aislaba la cámara de video de la intemperie, resultaba alguna que otra vez salpicado por los restos de la espuma de alguna ola que el viento impulsaba con más fuerza, si cabe, que el propio mar.
La tarde languidecía y algunas luces de la ciudad comenzaban a encenderse; primero, poco a poco, luego, con mas rapidez y en mayor número.
Desde aquella atalaya privilegiada contemplaba el conjunto de calles que se extendía a sus pies iluminándose paulatinamente
Las luces de los coches, aunque lejanas, aportaban movilidad a aquel espectáculo.
De repente pensó:
¡Como me gustaría que las luces se fuesen encendiendo y, después de estar todas encendidas, volviese a apagarse y de nuevo a encenderse… y así, muchas, muchas veces!
Mientras esto pensaba, ocurrió el milagro.
En el punto más lejano que él podía divisar, las luces comenzaron a apagarse y desde allí, como en una cadena de fichas de dominó que se van derribando una a la otra, pudo ver, con asombro, como la penumbra se iba haciendo con la ciudad.
Asombrado e incrédulo, se frotó los ojos para constatar que no era una ilusión aquello que estaba viendo.
Pero no, no era una ilusión, estaba viendo como la oscuridad se iba adueñando gradualmente de la ciudad.
En un momento determinado, solo las luces de los coches, con su ir y venir, trazaban destellos que rasgaban la oscuridad.
Entonces, cuando esta era total, las luces comenzaron a encenderse otra vez haciendo el recorrido a la inversa, alejándose, hasta llegar otra vez al punto más lejano que él podía divisar.
Ni que decir tiene que su asombro no tenía límite.
El espectáculo se repitió tres o cuatro veces y mientras duró, permaneció asombrado, casi con la boca abierta.
El sonido del timbre del teléfono, le hizo desviar la mirada.
- ¿Diga?
- Manolo, ¿eres tú?
- Si, dime.
- ¿Quieres hacer el favor de levantar el pie del interruptor que enciende y apaga las luces de las calles?
- ¿Cómo?
- ¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiii!, ¡el puto pie! ¡Que nos vas a volver locos!
Justo cuando la última farola se iluminaba, colorado como un tomate, retiró el pie del interruptor.
¡A quién se le habrá ocurrido poner los pulsadores de las luces en el suelo en aquella sala “ultramoderna” de control que el ayuntamiento acababa de inaugurar!
