Antes de comenzar, quiero presentarme, aunque mi nombre no tiene ninguna importancia en el desarrollo de esta historia que os voy a contar.
Por circunstancias que algún día desvelaré, hace muchos años entré en contacto con el mundo mágico de hadas y duendes, y de vez en cuando me desplazo desde mi lejano país, a esos lugares donde siguen habitando eso seres de… ¿cuento? para visitarlos y aprender de ellos y de sus limpios corazones.
A continuación os voy a contar una historia que sucedió en mi último viaje. Poneos cómodos y espero que la disfrutéis como lo hice yo.
El duende, pasito a pasito, se fue acercando. Con una sonrisa pícara en su cara, sigilosamente, llegó hasta la gatera de la puerta de la vivienda, miró a un lado y a otro y cuando se cercioró de que estaba solo, descorrió el pasador con el que, todas las noches, la señora de la casa la cerraba para así impedir que el gato entrase o saliese a lo que ella consideraba que no eran horas de andar por ahí.
El duende entonces, del bolsillo superior de su casaca, sacó una pequeña flauta de Pan y dirigiéndose a la gatera abierta sopló su flauta y esperó aguzando el oído. Aquel sonido solo podía ser percibido por los otros duendes que habitaban en las casas próximas y el nuestro, solía tocarla cada vez que quería convocar una reunión.
En aquella ocasión pensaba que era muy necesaria pues, desde hacía algún tiempo, las hadas habían desaparecido sin dejar rastro y esto le tenía muy preocupado.
Poco a poco los duendes vecinos fueron llegando a la casa y mientras lo saludaban al pié de la gatera, formaban pequeños corros y comentaban cual sería el motivo de la reunión.
Cuando estuvieron todos dentro, nuestro duende cerró de nuevo la trampilla y con un gesto, indicó a sus amigos que lo siguiesen en silencio.
Después de caminar un buen trecho por el largo pasillo, llegaron a la sala. Allí nuestro duende se aproximó al reloj de pié que estaba en el extremo de la habitación, cerca de la chimenea y después de presionar un resorte disimulado en una de las molduras de la caja de aquel gran reloj, una puerta se abrió sin hacer el más mínimo ruido.
Cuando estaban todos dentro volvió a presionar otro resorte secreto y la puerta se cerró tan silenciosamente como se había abierto.
En el interior, el pié del reloj era espacioso. Se podían contar hasta quince pequeñas sillas dispuestas como en un teatro y al fondo una tarima con una mesa y un sillón.
Todos tomaron asiento. El sonido de la maquinaria del reloj atronaba y, entonces, nuestro duende pulsó un botón que tenía sobre la mesa y, de repente, el sonido del reloj, dejó de oírse.
El silencio era total.
El duende explicó a sus amigos cual era el motivo de la reunión. Como decíamos antes, la desaparición repentina de las hadas, le tenía muy preocupado.
Sus vecinos empezaron a preguntarse cual sería la razón de aquel suceso extraño. Nuestro duende preguntó si alguno sabía o había sabido que sucediese algo parecido. Se miraron unos a otros haciendo todos signos de negación. El más anciano de los presentes, un duende de cabellos y barba blanquísima, levantó la mano para pedir la palabra y cuando se hizo el silencio dijo:
- Tengo 636 años y en mi vida he visto ni oído cosa tal.
Un murmullo recorrió el interior del pié del reloj. Nuestro duende, desde la mesa, pidió silencio y cuando todos callaron dijo:
- Creo que lo mejor será investigar. En algún sitio tiene que haber alguna huella, algún rastro. No se pueden haber evaporado así como así.
El duende viejito levantó otra vez la mano y dijo muy serio:
- Poder, lo que se dice poder… pueden. Recordad que son hadas, pero no es su comportamiento habitual.
Decidieron investigar cada uno por su lado y poner en común los resultados en una semana, a no ser que algún suceso inesperado o importante ocurriese.
Si más que decir, se levantó la reunión y nuestro duende, volviendo a pulsar el botón de puesta en marcha del reloj y abriendo aquella silenciosa y disimulada puerta, los acompañó a la gatera y todos en silencio, como había llegado, se dirigieron a sus casas.
Pasada una semana se repitió la reunión. Cuando estaban todos los duendecillos dentro de la caja del reloj que tan bien conocemos, el nuestro, tomó la palabra:
- ¡Atención! ¡Atención ¡Un poco de silencio, por favor!
Todos callaron y nuestro duende preguntó:
- ¿Alguno de vosotros ha descubierto algo? ¿Tenéis alguna pista de lo que pudo haber pasado?
Un duende bajito que siempre andaba a saltos respondió:
- Yo he encontrado detrás del árbol grande una varita mágica tirada.
- ¿Tirada?, preguntó en más viejo
- Si.
Ante esta respuesta, un murmullo se elevó dentro del pié del reloj. Todos sabían que, para que las hadas abandonasen sus varitas mágicas, tenían que haberse visto en un gran peligro.
- Bien, dijo nuestro duende. En vista de que la situación parece que se complica más y más y que, a pesar de nuestra búsqueda solo tenemos una varita abandonada creo que, lo mejor será pedir ayuda.
- ¿Ayuda a quien? Pregunto el duende bajito.
Nuestro duende haciendo una pausa y hablando con voz muy seria dijo:
- Vosotros sabéis que en circunstancias excepcionales –y me parece que esta lo es- los duendes podemos reunirnos y con el conjuro apropiado hacer aparecer al duende que todo lo sabe y todo lo encuentra.
- Pero eso es bastante arriesgado, dijo el viejito, todos sabéis que el duende que todo lo sabe y todo lo encuentra nunca viene solo, siempre trae consigo a ese gamberro que lo acompaña a todas partes.
- ¡Si, es verdad! ¡Es verdad!, dijeron los otros duendes.
- Pero la ocasión merece la molestia que nos puede causar el duende que esconde las cosas que no están en su sitio. Las hadas lo harían por nosotros.
- ¡Es cierto!, respondieron todos al unísono.
- Entonces… ¿lo hacemos?, preguntó nuestro duende.
Todos, como una sola voz respondieron:
- ¡Si! ¡Si!.
- Muy bien, de acuerdo, dijo nuestro duende. Voy a preparar las cosas necesarias y mañana a las doce en punto de la noche conjuraremos al duende que todo lo sabe y todo lo encuentra.
Y con esto dieron por terminada la reunión.
Durante todo el día siguiente nuestro duende se afanó en los preparativos para la reunión donde pronunciarían, entre todos, el conjuro.
Esta vez se celebraría el ritual no dentro del reloj de la sala, si no en el interior del árbol grande, justo donde el duende bajito había encontrado la varita mágica.
A las doce menos cuarto ya estaban todos reunidos.
El árbol tenía una oquedad muy grande y una puerta de acceso disimulada tras una espesa mata de hierba. Su interior, inmenso, semejaba al de una catedral, tal era la altura que alcanzaba. Unas pequeñas velas iluminaban pobremente aquella estancia, pero esta escasez de luz, se veía compensada por la de las estrellas y la luna que se colaban por unos minúsculos agujeros estratégicamente perforados en el tronco del gran árbol. Aquella iluminación, entre velas, estrellas y luna aportaba a aquella basílica un fulgor especial.
En el centro del hueco se encontraba un gran libro sobre un atril de madera.
A su alrededor se concentraron los duendes y a las doce menos tres minutos enlazaron sus manos y entonaron aquel canto monocorde que comenzó a resonar, bellísimo, en aquella gran sala.
A las doce en punto, el duende viejito se acercó al libro y con una voz fuerte, imposible, para un duende de aquella edad, pronunció las palabras del conjuro:
- ¡ARDENOPO VOSTA EFIGIE! ¡ARDENOPO TOTALIUM SUNT! ¡ADELAI, ADELAI DA MURO!
Aún no se había apagado el eco de su voz cuando un sonido, como si de un trueno que poco a poco se acercaba, se fue haciendo cada vez más intenso hasta el punto que las velas, como asustadas, comenzaron a temblar.
Cuando el estruendo era mayor y las velas estaban a punto de apagarse, un rayo de luz cegador incidió en el gran libro; el sonido cesó y allí, al lado del atril, aparecieron dos duendes con cara de sorprendidos,
- ¿Qué se os ofrece? Preguntó el que parecía más serio.
Los duendes, nuestros duendes, impresionados por aquella aparición, permanecían en un semi asustado y al mismo tiempo, respetuoso silencio.
El aspecto de los dos “aparecidos” tenía muy poco en común. Si exceptuamos su pequeña talla y aquellas orejas puntiagudas similares en todos los duendes, no se parecían en nada.
Uno, de aspecto serio y mirada reflexiva, tenía sobre su nariz unos quevedos dorados; tras ellos brillaban unos ojos de expresión sagaz y viva y sobre su labio superior, destacaba un gran bigote negro.
El otro, por el contrario, tenía un aspecto vivaz, divertido, una perilla afilada cubría su mentón, sus ojos no paraban de moverse de aquí para allí, como escrutándolo todo y al mismo tiempo buscando el momento y la ocasión para hacer una de aquellas trastadas, una de las suyas.
Nuestro duende se aproximo a ellos y dirigiéndose al del gran bigote dijo:
- Seáis bienvenidos. Mientras esto decía no separaba sus ojos de otro, aquella especie de saltimbanqui, que no cesaba de recorrer todo con la mirada.
Refirió nuestro duende el motivo que les había llevado a conjurarlos y el que todo lo sabe y que todo lo encuentra respondió:
- Bien. Es lo que ya sabía. Veremos que es lo que podemos hacer. ¿Dónde está la varita mágica que encontrasteis?
Nuestro duende se la entregó. Entonces el que todo lo sabe y todo lo encuentra se volvió con la varita en la mano hacia el otro recién aparecido, pero… ya no estaba allí.
Rebuscó con la mirada al que esconde las cosas que no están en su sitio y lo vio al lado de nuestro duende viejito.
- ¡Tu…!, y aquí dijo su nombre.
Tenéis que perdonar que no escriba el nombre del que esconde las cosas que no están en su sitio, pero además de que resultaría casi imposible de transcribir aquel sonido con el que lo llamó, además, como todos sabéis, está prohibido escribir el nombre de los duendes. Parece ser que si alguien que no es duende llegase a leer sus nombres, estos diminutos y graciosos seres perderían sus poderes.
Pero volvamos a la narración:
Quedamos en ese momento en que el duende que todo lo sabe y todo lo encuentra estaba llamando al que esconde las cosas que no están en su sitio.
El duende que esconde las cosas que no están en su sitio regresó haciendo cabriolas al pié del atril.
Uno de los poderes que este tenía era que, al tomar en sus manos un objeto que se encontrase fuera de su lugar, podía reconstruir en su mente como había ido a parar allí.
El duende que todo lo sabe y que todo lo encuentra le entregó la varita mágica.
En cuanto la tuvo en sus manos, la expresión alegre y despreocupada de aquel zascandil cambió totalmente. Cerró sus ojos y sus grandes orejas puntiagudas se iluminaron tenuemente –después descubrimos que esa era una de las maneras por las que se sabía que estaba concentrado-. Permaneció en silencio durante un rato con los ojos cerrados y, poco a poco, sus orejas se fueron apagando.
- Ya está. Ahora os cuento lo que vi.
Todos los duendes, incluido el que todo lo sabe y todo lo encuentra, se acomodaron –es un decir- en aquel duro suelo y el travieso duendecillo comenzó a contar lo que había visto.
- Era por la tarde, en ese momento en que la noche comienza a vencer al día. El hada regresaba volando a su morada, que como todos sabéis, está situada en la rama más alta de este árbol. De repente, un cuervo cayó en picado sobre ella, mejor dicho, sobre su varita y está se cayó al suelo. Entonces el hada descendió suavemente para recogerla y en eso…
En eso, la expresión de todos los duendes era de angustia, como si estuviesen viendo duna película de suspense,
En eso… una especie de bolsa, como un cazamariposas, la atrapó; tan opaca era aquella especie de jaula, que la luz que irradian las hadas, se dejo de ver, como si se hubiese apagado.
La expresión de los duendes cambió a la desesperanza y todos dirigieron sus miradas hacia el que todo lo sabe y todo lo encuentra, que sujetándose la barbilla con su mano izquierda mientras tenía su brazo derecho sobre el pecho, prestaba atención al escueto relato de los hechos.
En ese momento, el duende viejito, se levantó y tropezando –el que esconde las cosas que no están en su sitio, en un momento de descuido, le había atado entre si los cordones de las botas- cayó al suelo armando un revuelo de mil demonios.
El que esconde las cosas que no están en su sitio, lo miró, se rió y después, se puso colorado.
En ese momento, el duende que todo lo sabe y todo encuentra, llamó la atención de los otros levantando los brazos y rogando silencio.
- Creo que ya se lo que está pasando.
Un murmullo de admiración y sorpresa al mismo tiempo recorrió la oquedad.
El que todo lo sabe y todo lo encuentra se dirigió a la comunidad:
- ¿Habéis notado hace unos días algún olor especial? ¿Algún olor diferente, más bien desagradable?
El duende viejito después de incorporarse con cierta dificultad y dirigir una mirada de reproche al que esconde las cosas que no están en su sitio, dijo:
- Pues ahora que lo mencionas… hace par de semanas me pareció distinguir un olor extraño, algo así como…
- ¿El gas de los pantanos, quizás? Le interrumpió el que todo lo sabe y todo lo encuentra.
- ¡Si! Eso es, ¿Cómo lo has sabido?
- Porque soy el que todo… bueno, eso no tiene importancia.
- Pero solo fue un momento, continuó diciendo el duende viejito.
- ¿Y recuerdas en que lugar percibiste ese olor?
- Claro, respondió el viejito. Fue a la orilla del río, cerca de las cuevas que están tapiadas.
- Bien, bien, bien, dijo el que todo lo sabe en actitud concentrada y misteriosa.
Mañana, echaremos una ojeada por allí. Es un indicio importante.
- ¿Y que es? ¿Qué está pasando?, preguntaron los duendes.
- Mañana intentaremos descubrirlo y solucionar el caso de una vez, ahora es muy tarde y estamos todos muy cansados. Será mejor ir a dormir y mañana, a la luz del día, intentaremos resolver el asunto.
Dicho esto, comenzaron a retirarse a sus casas.
Nuestro duende llevó al que todo lo sabe y al que todo lo encuentra y también –aun que de mala gana- al que esconde las cosas que no están es su sitio hasta su casa y los dejó acomodados dentro de la habitación del reloj que tan bien conocemos. Esa noche, nuestro duende no durmió demasiado bien. Al amanecer, se dirigió a despertar a sus huéspedes encontrando que el que todo lo sabe y todo lo encuentra ya estaba despierto y vestido. Cuando él llegó, estaba metiendo en una bolsa de mano, en una especie de zurrón, una serie de objetos que, a nuestro duende le parecieron extraños.
En la cama de al lado, el que esconde las cosas que no están en su sitio dormía profundamente; tenía tal expresión de placidez y de felicidad, que parecía imposible que fuese el mismo diablillo que hacía unas horas le había hecho aquella trastada al duende viejito. Solo fue despertarlo y aquella expresión de placidez se tornó, otra vez e inmediatamente, en la del pícaro a la que nos tenía acostumbrados.
Después de desayunar, se pusieron en camino.
No se si sabéis que para ellos es peligroso desplazarse de día por espacios abiertos. Un gato o un perro pueden darles un buen susto, aunque con la fuerza que tienen los duendes, no pueden casarles daño ninguno. Para evitar estos posibles sobresaltos, hace ya muchos siglos, desarrollaron una estratagema que todavía, a día de hoy, utilizan. Poseen entre sus bienes más preciados una especie de capa con capucha que se trasmite de generación en generación. Esta capa les permite volverse invisibles y, además, absorbe también su olor haciéndolos así realmente indetectables ante cualquier animal o persona.
Pues bien, en cuanto salieron al jardín los tres duendes se pusieron sus capas y ya sin ningún temor a ser descubiertos, se encaminaron hacia las cuevas donde el duende viejito les había dicho que percibiera aquel peculiar olor.
Las cuevas tapiadas se encontraban al pié de una montaña cercana a la casa de nuestro duende. Antes de ser cuevas tapiadas, habían sido, simplemente, cuevas sin más. Un terremoto, hacía tres siglos, las había clausurado.
Al llegar al pié de la montaña, a la puerta de las cuevas, el que todo lo sabe y todo lo encuentra, se sacó la capa, los otros hicieron lo mismo.
Empezaron a desplegarse a izquierda y derecha reconociendo el terreno hasta que nuestro duende soplando aquella flauta que solo ellos podían oír, les llamó.
- Aquí huele a gas de los pantanos, dijo nuestro duende.
El que esconde las cosas que no están en su sitio confirmó aquella sensación moviendo la cabeza arriba y abajo.
- Silencio, reclamó el que todo lo sabe y todo lo encuentra.
De aquella bolsa de la que hablamos hablado antes, de aquella bolsa donde nuestro duende le había visto meter aquellos cachivaches extraños, sacó una especie de gafas y, sobre sus quevedos, las asentó.
Entonces, comenzó a pasar la vista a su alrededor, arriba y abajo y de repente, se paró.
Se sacó las gafas y se las entregó a nuestro duende. Señalando un punto concreto, más o menos, a seis metros de altura dijo:
- Fíjate allí. ¿Ves esa marca?
Nuestro duende dirigió la vista al punto indicado y con las gafas puestas confirmó:
- Si, la veo.
A través de aquellos cristales se podían apreciar en la pared de piedra una especie de fosforescencia leve.
- ¿Qué es eso? Preguntó.
El que todo lo sabe y todo lo encuentra le dijo mientras le pasaba las gafas al que esconde las cosas que no están en su sitio:
- Ese brillo es el resto del polvo brillante que queda por el lugar por donde han pasado ellas, las hadas. Tenemos que acercarnos allí arriba.
No sin cierta dificultad, el duende que todo lo sabe y todo lo encuentra consiguió que el diablillo -el que esconde las cosas que no están en su sitio- le devolviera sus gafas. Una vez que las guardo en su zurrón, se encararon con la pared.
Utilizando su gran fuerza física, los tres duendes escalaron hasta llegar a donde estaba aquel resto de luz. Allí, sobre un saliente de la roca, se detuvieron.
No se si sabéis que los duendes poseen un sentido del oído agudísimo; sus afiladas orejas, les proporcionan una sensibilidad auditiva superior, incluso, a los murciélagos.
En silencio, concentrados – las orejas empezaron a iluminarse- estaban nuestros tres amigos intentando oír algo en el interior de aquellas rocas.
Mientras permanecían intentado percibir algún sonido en el interior de la montaña, nuestro duende observó como, desde lo alto, un cuervo negro se dejaba caer en picado sobre ellos. Rápidamente extrajo su capa mágica y sin decir ni una palabra, se cubrió y cubrió también a sus amigos al mismo tiempo que les propinaba un ligero empujón para desplazarlos.
Fue todo tan rápido, que no sé si me dará tiempo a describirlo.
Al quedar cubiertos por la capa mágica, nuestros amigos se volvieron invisibles y el empujón que les dio nuestro duende, hizo que se desplazaran, justo, justo, lo necesario para que el malvado cuervo no acertara en su ataque. Se estrelló contra el saliente de piedra donde, hasta hace un momentito, se encontraban nuestros héroes.
El golpe fue morrocotudo, tan fuerte, que el cuervo se alejó volando a trompicones, medio aturdido y dolorido.
Una vez recompuestos, nuestros duendes, después del susto inicial, volvieron a su labor de escucha.
De repente, el que esconde las cosas que no están en su sitio levantó una mano; sus orejas adquirieron un tono grana luminoso y dijo en voz bajita:
- Creo que escucho algo.
Los otros se aproximaron al lugar que señalaba el travieso, arrimaron sus orejas a la roca y afirmaron moviendo la cabeza:
- Si, es verdad, se oye algo muy lejano.
El duende que todo lo sabe y todo lo encuentra rebuscó en su zurrón y sacó una especie de trompetilla dorada, puso uno de los extremos, el más ancho, en la pared y el otro en su oído:
- Chissssssssssssssssssss, dijo mientras cruzaba verticalmente su boca con un dedo en esa señal universal para demandar silencio.
Permaneció unos instantes escuchando y después guardó la trompetilla en el zurrón.
Es un sonido grave, sordo, como de maquinaria.
- ¿Que vamos a hacer?, preguntó nuestro duende.
El que todo lo sabe y todo lo encuentra reflexionó un breve instante y mientras daba un pequeño guantazo en la mano del que esconde las cosas que no están en su sitio, que pretendía tomar la trompetilla de dentro del zurrón, dijo:
- Vamos a bajar de aquí. Después, veremos lo que hacemos.
Una vez que estuvieron en el suelo y mientras que nuestro duende vigilaba por si el cuervo volvía a atacarlos, el que todo lo sabe y todo lo encuentra extrajo de aquel zurrón que parecía que no tenía fondo, un lápiz rojo de punta muy gruesa. Se dirigió a lo que había sido la entrada de las cuevas y, al lado de la inmensa roca que hacía las veces de tapón, impidiendo así el acceso al interior de la gruta, dibujó una puerta.
- Ya está, por aquí entraremos.
Nuestro duende lo miró con extrañeza:
- Pero como… ¿Por aquí? ¿Como?
El que todo lo sabe y todo lo encuentra le devolvió la mirada y señalando a la puerta pintada en la pared de roca dijo:
- ¡Como! ¡Como! ¡Ah, es verdad! Y tomando de nuevo el lápiz rojo de punta gruesa, dibujo en el centro de la puerta una gran argolla, un tirador.
- ¿Cómo vamos a entrar? ¡Por la puerta! ¡Faltaría más!
Y ni corto ni perezoso puso su mano sobre la aldaba y tirando hacia sí, la puerta dibujada en la roca se abrió mostrando la entrada de una caverna amplia y oscura.
Después de la sorpresa inicial, nuestro duende hizo ademán de penetrar en aquella gruta, mas el que todo lo sabe y todo lo encuentra, lo retuvo agarrándolo por un brazo.
- Espera, dijo. Escuchemos un momento antes de entrar.
Ahora, con mucha más nitidez, aquel ruido sordo, como de motores, se percibía con mayor claridad.
- Creo que las hemos encontrado. Las hadas tienen que estar ahí dentro y casi estoy seguro de porque están y que es lo que hacen con ellas.
Está palabras las pronunció mirando hacia sus dos compañeros que mostraban una completa expresión de no entender nada de nada.
A una indicación del que todo lo sabe y todo lo encuentra, se pusieron las capas mágicas y con sigilo, se adentraron el la cueva.
Cuanto más se internaban en aquella caverna, más se intensificaba aquel sonido y también el olor a gas. Después de sortear varios charcos, producto de las filtraciones del agua en el techo de la cueva, llegaron a un punto donde el pasadizo de estrechaba y giraba de manera brusca a la izquierda. Al llegar allí, el sonido era muy fuerte.
Los tres duendes se apostaron tras un saliente que había en el extremo del recodo y desde allí observaron boquiabiertos el espectáculo que se presentaba ante sus ojos.
Delante de donde estaban escondidos nuestros amigos, a escasos metros, la caverna se ensanchaba hasta convertirse en una gran sala, una sala de proporciones gigantescas.
En el centro de ella destacaba una máquina –que era la que producía aquel sonido del que venimos hablando- y se fijaron que a uno de sus extremos, concretamente el más lejano al punto donde ellos se encontraban, llegaba una cinta trasportadora que dejaba caer dentro de la máquina algo que parecía tierra.
Por el otro extremo de la máquina un tubo vertía en un recipiente, una especie de gran caldero, un líquido amarillento que, desde donde se encontraban, no llegaban a identificar.
Pero lo que más les sobrecogió fue que, sobre la máquina, atadas a una reja, se encontraban las hadas.
Tenían sobre sus cabezas unos cascos metálicos cubiertos de cables conectados a su vez a un aparato que, mediante unas poleas, hacía girar unas grandes ruedas adosadas a los costados de la máquina central.
Aunque no sabían muy bien que es lo que estaba pasando, enseguida dedujeron varias cosas:
Las hadas no estaban allí voluntariamente, se las veía cansadas, tristes y su brillo, se apagaba por momentos.
Nuestros amigos se retiraron un poco para poder ponerse de acuerdo en lo que iban a hacer y de que manera lo harían.
No sabían quien era el enemigo al que tendrían que enfrentarse, pero lo suponían terrible y astuto, pues el método de capturar a las hadas requería una minuciosa planificación.
Después de unos cuchicheos entre ellos, se decidieron a actuar.
El duende que esconde las cosas que no están en su sitio gateó hasta el extremo de la máquina, por donde entraba la tierra, y utilizando su gran fuerza, colocó una piedra de considerables dimensiones entre los engranajes de la cinta trasportadora y está, al cabo de un momento se paró.
Mientras llevaba a cabo esta acción, el que todo lo sabe y todo lo encuentra fue caminando de puntillas hasta un pasadizo que se encontraba en uno de los extremos de la caverna y mientras, nuestro duende, se deslizó hasta la máquina donde se escondió, agazapándose en uno de sus laterales, al lado de las grandes ruedas.
En cuanto la cinta trasportadora se paró, comenzó a sonar una alarma.
Al poco rato, por la puerta del pasadizo donde se encontraba el que todo lo sabe y todo lo encuentra, apareció un encapuchado vestido con una larga túnica murmurando no se sabe que cosa.
En cuanto estuvo a su altura, el sabio duende le puso la zancadilla y aquel sujeto, cayó al suelo cuan largo era. El que todo lo sabe y todo lo encuentra, saltó sobre él y con una velocidad asombrosa, en un visto y no visto, lo maniató fuertemente dejándolo inmovilizado.
En ese momento, nuestro duende salió de su escondrijo y de un salto prodigioso, se encaramo al techo de la máquina y de allí, a la reja donde se encontraban atadas las hadas. Con una especie de tijera que el que todo lo sabe y todo lo encuentra de había dado del interior de aquel prodigioso zurrón, cortó los cables y las cadenas que mantenían sujetas a las hadas.
Estas, inmediatamente, se dirigieron volando al rincón opuesto de la sala y de allí, tomaron sus varitas mágicas que estaban en un cajón. El que todo lo sabe y todo lo encuentra de su zurrón –otra vez aquel mágico zurrón- extrajo la varita que habían encontrado al pié del árbol y se la lanzó a su propietaria y que, al vuelo, la tomó en sus manos.
Todo esto que estoy contando, se desarrolló con una rapidez inusitada y para resumir, el cuadro que se presenta ante nuestros ojos queda como sigue:
Por una parte tenemos al que esconde las cosas que no están en su sitio al lado de la cinta transportadora bloqueada, a nuestro duende, sobre el techo de la máquina después de haber liberado a las hadas y al que todo lo sabe y todo lo encuentra, vigilando a aquel encapuchado maniatado y tendido en el suelo.
Por otra parte, tenemos a las hadas sobrevolando aquella gran sala armadas con sus varitas mágicas.
Este era el cuadro que el encapuchado, desde el suelo, podía distinguir.
En aquel instante un silencio opresivo reinaba entorno a la máquina parada.
Nuestro duende se acercó hasta el individuo maniatado.
- Ahora vamos a ver quien eres, dijo y, ni corto ni perezoso, agarró la capucha y con un fuerte tirón descubrió lo que ocultaba.
Su sorpresa fue mayúscula. Debajo de la capucha no había nada.
Al mismo tiempo una risa, más bien una risotada cargada de malignidad, resonó llenando toda la cueva.
- Ja, ja, ja, ja, ja… ¡Vais a ver, vais a ver! ¡No vais a ver nada! ¿Qué creíais? ¿Qué tres patéticos duendes y un puñado de hadas ibais a acabar conmigo? Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
Soy el hechicero más poderoso, el maligno, el más dañino…
Mi nombre es Bronca, Bronca el Pésimo y mientras vosotros creíais que me teníais atrapado, ja, ja, ja, ja, ja, ja, yo ya me había evaporado gracias a mis poderes.
Me habéis chafado el negocio de la extracción del oro de la montaña con ayuda de mi máquina, pero haré otra máquina, encontraré otra montaña y raptaré otras hadas para que con su energía pueda funcionar mi extractor.
Y a vosotros, ilusos, todavía os tengo reservada otra sorpresa… y en un momento la vais a descubrir, ja, ja, ja, ja, ja, ja.
La risa de Bronca el Pérfido se perdió en los confines de la cueva y nuestros amigos se miraron desconcertados.
Entonces, el duende que esconde las cosas que no están en su sitio exclamó:
- ¡Tenemos que salir de aquí y deprisita!; cada vez huele más a gas y esto no me gusta nada de nada.
Los duendes y las hadas iniciaron una frenética huida hacia la puerta que había pintado el que todo lo sabe y todo lo encuentra.
- ¡Aprisa, aprisa!, decía nuestro duende.
Cuando llegaron al lugar por donde habían entrado en la cueva, el que todo lo sabe y todo lo encuentra, dándole un empujón descomunal a la puerta pintada en la pared, la abrió y todos salieron a la luz del día.
Entonces, el duende, de su zurrón, sacó una especie de bayeta y con ella borró el dibujo que había hecho en la pared y con esto consiguió que la puerta desapareciera y que la montaña recuperase su aspecto normal.
En cuanto terminó de hacer esto, una terrible explosión, resonó en el interior de la montaña.
Al principio no pasó nada y nuestros héroes suspiraron aliviados creyendo que su aventura había concluido, pero de repente, unas grades rocas comenzaron a caer a su alrededor.
- ¡Corred, corred!, gritó nuestro duende y así, de la manera que más rápidamente podían hacerlo, las hadas y los duendes se alejaron de la montaña para no ser alcanzados por las rocas.
Desde una considerable distancia pudieron ver como la montaña, a consecuencia de la explosión que había ocasionado el gas, se desmoronaba y formaba un cráter inmenso que se fue rellenando con el agua del río subterráneo que, al verse liberado por la explosión, ocupó todo el cráter formando un lago.
Nuestros amigos llegaron a la casa y después de descansar decidieron celebrar una fiesta.
Comieron, bebieron, cantaron y bailaron hasta bien entrada la madrugada y al día siguiente, en la oquedad del árbol grande, se volvieron a reunir para desconjurar (así podríamos decirlo) al duende que esconde las cosas que no están en sus sitio y al duende que todo lo sabe y todo lo encuentra.
Otra vez fue el duende viejito el encargado de pronunciar aquella fórmula, solo que esta vez, tuvo que hacerlo al revés, ya que lo que se pretendía era que los duendes viajeros pudiesen regresar a sus moradas.
- ¡MURO DA ADELAI! ADELAI! ¡SUNT TOTALIUM ARDENOPO! ¡EFIGIE VOSTA ARDENOPO!
Una vez pronunciadas estas palabras, el que todo lo sabe y todo lo esconde se esfumaron y los duendes volvieron a sus quehaceres. Las hadas, desde su casa en la rama alta del gran árbol, asistieron a la ceremonia y a la mañana siguiente, los duendes comprobaron que ellas habían llorado de emoción, pues todas las flores del jardín amanecieron cubiertas de gotas de rocío que, como todo el mundo sabe, son las lágrimas de las hadas.
Yo también me marché a mi lejano país. Los duendes me acompañaron a la otra montaña y desde allí, con mi parapente, me dirigí a mi casa. Mientras sobrevolaba el cráter cubierto de agua de aquella montaña destruida por la explosión, creí ver en el fondo del lago un refulgir amarillento y entonces recordé que el caldero repleto de oro del maligno Bronca el Pérfido, había quedado sumergido para siempre en el fondo.
¿Para siempre? No lo se, pero, en todo caso, esa es otra historia.
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