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La Coctelera

Categoría: RELATOS CON SORPRESA

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CARRERA SIN RETORNO

Era la primera vez a lo largo de toda su breve, pero intensa carrera que se veía en una situación tal.

Sus otros compañeros, con su misma experiencia, más o menos, no le habían comentado nada de aquello; seguramente para evitar que pudiese estar preparado y tomar ellos la delantera.

Pero, en fin, en aquel mundo de competencia feroz, todo podía ser.

Prosiguió su camino adelantando uno a uno a todos aquellos que se cruzaban con él.

Se había impuesto en su marcha un ritmo frenético. Tenía que ser el primero.

A medio camino, noto que sus fuerzas flaqueaban. Recurriendo de nuevo a aquella especie de voz interior que lo impulsaba, redoblo su esfuerzo y, dejando a un lado, concentrándose en eliminar la sensación de cansancio que lo embargaba por momentos, prosiguió su camino.

Él sabía que dependiendo del resultado de aquella carrera, su futuro podría ser muy diferente.

Si perdía, su vida, carecería de sentido. Sería como si no hubiese existido.

Pero si ganaba… Si ganaba formaría parte de aquella empresa. Sería cofundador de algo que llegaría, con toda probabilidad, a ser grande.

El camino cada vez se estrechaba más.

Los otros, la competencia, también parecían agotados y la estela que formaran al principio, abigarrada y tupida, en este punto, se veía con grandes espacios vacios.

Cada vez quedaban menos en aquella despiadada carrera.

La meta estaba a la vista. Volvió como pudo la cabeza hacia atrás y vio que todavía llevaba una ligera ventaja sobre su inmediato perseguidor.

De repente, algo le detuvo. Intentó liberarse moviéndose de un lado a otro. Su compañero, el que venía de segundo, también se detuvo a su altura.

Y así, uno tras otro, todos los participantes quedaron detenidos por aquella especie de barrera invisible.

Habían fracasado en su objetivo y no tenían la más mínima posibilidad de volver a intentarlo.

Maldijo una y otra vez su suerte y mientras que un lejano rumor, como de torrente de agua, arrastraba el condón que los contenía, aquel espermatozoide, aquel campeón, se fue sumiendo en la más oscura de las galerías. La tubería del retrete.

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EL CHAQUÉ DEL NOTARIO

Indignado. Estaba completamente indignado.

Aquello había sido el colmo de lo colmos. El colmo de la mala educación y la falta de respeto.

A él, insigne notario, paradigma de la seriedad y reputado refrendador de voluntades, a él, no podían hacerle aquello.

Poco le faltó cuando aquel chiquilicuatro se dirigió a él, con aquel extraño aparato en la mano, le preguntó su nombre y filiación, para espetarle aquello de… usted no sabe con quien está hablando. Poco le falto.

Pero empecemos por el principio.

El había acudido a aquella sastrería, su sastrería de toda la vida, para que Marcelino, su sastre, también de toda la vida, le confeccionara el chaqué que vestiría el día que ¡por fin! se celebrase el enlace matrimonial –nunca se refería a esto como la boda, le parecía muy vulgar- de su hija.

Al entrar en la sastrería –hacía más de un año de su última visita- lo primero que le sorprendió fue el cambio en la decoración que se había producido desde que no había vuelto por allí.

El tono antiguo en las paredes, aquellos muebles castellano, recios y serios, habían sido sustituidos por unos colores vivos y unos pocos muebles y sillas que, a él, le parecieron zafios –después descubrió que aquella tendencia en la decoración se llamaba minimalista-. Tan sorprendido quedó al entrar que dudó ¿no se habría equivocado de local?

Se dirigió hacia aquello que parecía un mostrador de recepción y preguntó al joven que anotaba no se qué en una agenda electrónica:

- Buenos días, joven. ¿Marcelino… por favor?

El muchacho lo miró de arriba abajo y él noto su absoluta reprobación dirigida hacia la indumentaria que vestía.

- ¿Marcelino? ¡Huyyyyyyyy! Marcelino se jubiló hace más de un año. ¿Puedo ayudarte en algo?

Aquel tuteo imprevisto le descolocó todavía más, si cabe.

- Bueno… la verdad es que venía… en fin, quería hacerme un chaqué, pero quizás ya no se dediquen ustedes a esto….

- ¡Vaya, hombre! ¿Acaso no has leído el cartelito?

Mientras esto le decía, señaló a la pared donde, efectivamente, se encontraba el cartel al que aquel –realmente no sabía como calificar a aquel joven- digamos, muchacho se refería con un ligero mohín en los labios.

- Of course. Te podemos hacer un chaqué –pronunció algo así como “xaqué” – Te verás con él como un pincel.

Aquello de verse “como un pincel” tampoco le gustó demasiado al notario.

Estaba a punto de dar la vuelta y marcharse de allí a toda velocidad cuando recordó que el tiempo apremiaba. El enlace –nunca decía boda- era dentro de una semana y media y él se había despistado. No tenía demasiado tiempo para andar buscando otra sastrería.

Sin darle tiempo a preguntar nada más aquel joven lo tomó por el brazo y lo condujo hacia el interior de la tienda.

- Vamos a tomarte las medidas.

Le ayudó a despojarse – así fue como lo entendió él- de su chaqueta y con lo situó de espaldas a la pared donde se veían unas marcas de diferentes medidas.

Tomó de un cajoncito una especie de pistola láser y, después de recomendarle, medio en serio, medio en broma que no se moviese mientras que no se lo dijese, comenzó a efectuar pequeños disparos con aquel haz de luz. Cada vez que apretaba el gatillo, un pitido confirmaba que la medida había sido asentada en el ordenado portátil que estaba sobre aquel otro pequeño atril.

Aquella manera de tomar las medidas, la verdad, le gustó. Nunca había sido muy partidario de aquellos estiramientos a los que los sastres obligaban a los clientes para medirlos.

En nada, mientras se ponía la chaqueta, un dibujo esquematizado de su figura salió por una impresora medio oculta tras un florero con una sola flor.

- Dentro de tres días puedes venir a probar. Verás que “chic” te vas a ver.

- ¿Harán falta muchas pruebas?

- Faltaría plus. Respondió el muchacho. Only one.

Don Ildefonso García y Pérez del Pulgar –así se llamaba el notario y así, literalmente, figuraba en su tarjeta de visita, Don incluido- abonó el cuarenta por cien de los dos mil euros que le iba a costar el puñetero chaqué y salió de la sastrería, a toda velocidad hacia su despacho.

A los tres días se presento de nuevo nuestro ilustre notario en la sastrería El Ambiente, que así se llamaba, como pudo comprobar en la placa metálica que estaba clavada en la pared, a la entrada.

Pasó rápidamente al fondo y allí, René –que así se llamaba el muchacho que le había atendido- lo condujo hasta uno de los vestidores.

En un perchero de acero inoxidable colgaba el chaqué protegido con una funda de tela y celofán opaco .

- Ahora, Ilde, te voy a dejar solito para que disfrutes del momento. Cuando estés OK, avísame tocando el timbre.

Don Ildefonso, una vez que se quedó solo, procedió a desnudarse para probar el dichoso chaqué.

Dobló cuidadosamente sus pantalones y los depositó en un galán de noche que tenía al lado.

Se dirigió al perchero y después de pelearse un rato con la cremallera de la funda, extrajo el chaqué.

Le impresión que le causó fue tal que se desplomó, casi sin sentido, sobre una silla cercana.

La vena del cuello se le hinchó casi hasta reventar y sin voz –producto de la indignación y la sorpresa- pulso el timbre.

René se presentó al momento con una sonrisa beatífica en su rostro.

Al ver al notario sentado, mejor dicho derrumbado, en calzoncillos en la silla, su rostro tomó una expresión entre angustia y picardía:

- ¡Sacre die! ¿Qué ocurre, picaruelo?

El notario levantó el brazo y dirigiendo el dedo índice hacia el chaqué, casi sin voz dijo:

- Pero… ¿Qué es esto?

De la funda del perchero sobresalía la manga de la chaqueta del chaqué o algo así supuso que sería aquello.

De color lila y rematada por una chorrera de volates en tul crudo, la manga brillaba con luz propia en aquella estancia.

René termino de desempaquetar la prenda –y nunca mejor empleada la palabra prenda- y con una expresión de cierto reproche preguntó:

- ¿Es que no te gusta, mon cherri? Es lo último en Ámsterdam y París.

Entonces Ilde, Don Ildefonso, el ilustre notario, se desmayó.

Cuando despertó en la camilla, antes de introducirlo en la ambulancia que lo trasladaba al hospital, volvió a leer, esta vez con más detalle, aquella placa en la pared:

EL AMBIENTE. PAÑOS DE IMPORTACIÓN. TRAJES A MEDIDA PARA CEREMÓNIAS. ¿ENTIENDES?

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LLEGAR TARDE

Tarde. Por mucho que corriese, iba a llegar tarde.

¡Tenía que ser hoy, precisamente, cuando se quedase dormido!

¿Qué pensarían de él?

Siempre se había mostrado muy exigente consigo mismo, siempre.

Pero lo de hoy…

Aquel día era especial. Desde primera hora de la mañana, cientos de personas esperaban, con impaciencia, su llegada.

Habían preparado aquel acto con esmero. El día anterior, una empresa de transporte y logística, había colocado, convenientemente separados, los grandes atados de leña que servirían para calentar, allí en la cima, los enormes calderos rebosantes de leche fresca.

Y él… tarde.

Y eso que le habían advertido del “peligro” de aquel vino delicioso. Pero… a él… ¿Qué le podía pasar?

Pues… eso. Su naturaleza humana sucumbió a aquella mezcla de vino y licores tan sabrosa y también, realmente… tan “cabezona”.

Terminó de recorrer los últimos metros de la cuesta que conducía a la cima y los vio allí. Todos estaban sentados, esperándole.

¿Qué les podía decir?

Casi era la hora de comer y más de quinientas personas se encontraban desperdigadas a lo largo y ancho de la ladera.

Algunos le miraron con desdén. Otros, ni siquiera volvieron la cabeza para verlo.

Tenía que hacer algo y… rápido si no quería que su prestigio, quedase por los suelos

Se fijó en que las hogueras que deberían calentar las marmitas estaban apagadas y otra vez recordó que la hora de comer se aproximaba.

En cuestión de segundos tomó una decisión.

Los grandes canastos comenzaron a llenarse, por arte de birle-birloque, de pan.

Al lado de estos, las cestas de mimbre, vacías hasta el momento, aparecieron rebosantes de peces.

El milagro del desayuno de maná del cielo, se convirtió, así, por haber llegado tarde y por efecto de aquella terrible resaca, en el de la multiplicación de los panes y los peces.

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EL CIRCO

Él, como los demás, también sonrió con las habilidades del pequeño tití.

Cuando le birló el reloj al espectador que había sido llamado a la pista para colaborar en el juego, el público, estalló en un aplauso ensordecedor.

A continuación, el domador, tomó de la mano al tití y, después de una graciosa reverencia, se retiró tras la cortina que separaba la pista del interior del circo.

La función remató con el acostumbrado desfile de todos los participantes en el espectáculo.

Poco a poco, los espectadores fueron abandonando la carpa y a la salida, una bella azafata, les entregó un programa y una invitación para la nueva representación que tendría lugar dentro de un par de días.

Prácticamente sin mirarlo, guardó el programa y la invitación en el bolsillo y se dirigió a la plaza cercana donde tenía aparcado su coche.

No sabía muy bien porque había ido al circo.

No era, precisamente, el espectáculo que más le gustaba, casi al contrario, en su recuerdo infantil, el circo era algo triste, algo que le producía un sentimiento más melancólico que una sensación de alegría.

Mientras se acomodaba en el coche y se ceñía el cinturón de seguridad, el programa y la invitación cayeron de su bolsillo.

Se inclinó para recogerlos del suelo y sus ojos, entonces, se fijaron en el panfleto.

Con ese estilo grandilocuente y sonoro, propio del circo, en el programa se anunciaba: “…. El espectáculo nunca visto… El más grande espectáculo del mundo… Solo ella podrá adivinar hasta sus más recónditos secretos… La bella Esmeralda y su bola de cristal.””

Volvió a guardar los papeles en el bolsillo de su chaqueta y, encendiendo el coche, se dirigió a su casa.

A la mañana siguiente su mano volvió a tropezar con los papeles del circo.

Los sacó del bolsillo con ánimo de tirarlos a la papelera pero algo extraño llamó su atención.

No recordaba haber visto, en el pequeño programa, ninguna ilustración, pero debajo del nombre de la adivinadora, aparecía una especie de dibujo.

Poniéndose las gafas de leer, fijó su vista en la ilustración y descubrió, sorprendido, que aquella pequeña imagen era la de su coche con él dentro.

No podía ser. Volvió a mirar y notó como si el dibujo le hablase: “Si, soy tu en tu coche”.

Tragó saliva y se llevó la mano derecha al lóbulo de la oreja, que era como hacía siempre, inconscientemente, cada vez que algo lo perturbaba.

Se oyó a si mismo decir otra vez: “es imposible” pero, también, otra vez la ilustración respondió –esta vez con un ligero tono de irritación- “Que si. Que soy tu mismo.”

Su frente comenzó a llenarse de gotas de sudor. Un sudor frío producto del escalofrío que notó recorriendo todo su cuerpo.

Se desmayó.

Cuando despertó, se encontraba en una cálida cama del Hospital Provincial.

La televisión, que tenía encendida su compañero de habitación, comentaba la noticia:

“Son seis, al menos, los afectados por la intoxicación por setas alucinógenas en nuestra ciudad. La alarma se destapó cuando los familiares de algunos de ellos, los llevaron al Hospital después de descubrir que estaban sufriendo alucinaciones, tanto visuales como auditivas…”

Sobre la mesa de la sala de su casa, el dibujo del programa, poco a poco, comenzó a desaparecer.

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EL PRIMER PUEBLO DEL PÁIS

La explosión le había sorprendido parado en el arcén, mientras consultaba el mapa de carreteras.

Elevó su mirada y pudo ver como el avión se alejaba tomando altura.

Vio detrás del recodo de la carretera el pueblo y supuso que la base aérea estaba cerca

En esto, otro avión en vuelo rasante, rompió –o eso supuso él- la barrera del sonido.

El ruido volvió a ser, como el de antes, aterrador.

Por las calles del pequeño pueblo la gente discurría, tan tranquila, como si nada hubiese pasado.

Pero tenían que haberlo oído.

Inexplicablemente, nadie se había dado cuenta de lo que ocurría o, al menos, nadie daba muestra de haber oído aquel terrible estruendo.

Comenzó a adentrarse por lo que parecía la calle principal observando que, a su lado, la gente pasaba como si tal cosa, como si nada hubiese sucedido.

Los escaparates de las tiendas, repletos de las más variadas mercancías, reclamaban su atención y la de los otros paseantes con sus atractivos anuncios luminosos, parpadeantes.

Bajó un poco más el volumen de la radio de su coche. Una canción de Frank Sinatra sonaba en la emisora en aquel momento.

El pueblo, efectivamente, estaba en las proximidades de la base aérea, hacia donde él se dirigía para entregar aquellos paquetes.

Otro avión, este, volando un poco más alto, se perdió detrás de la única nube que se veía en aquel cielo claro y limpio.

Sin darse cuenta, estaba llegando al final de la calle y también al final de aquel pueblo.

Entonces se fijó en el cartel y todo cobró sentido:

ESTÁ SALIENDO USTED DE SILENCEVILLE, PRIMER PUEBLO DE SORDOMUDOS AUTÓNOMOS DEL PAÍS. QUE TENGA BUEN VIAJE Y REGRESE PRONTO.

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EL FARERO EN EL FARO

Subió a toda prisa los ciento cuarenta y siete escalones que lo separaban del balcón.

La linterna del faro acababa de encenderse cuando él llegó arriba.

Aunque la mar parecía en calma, no pudo evitar lanzar una mirada profesional sobre el gran barómetro sujeto a una de las columnas de la cúpula del faro.

Todo en orden. Recorrió con la vista los otros aparatos que formaban aquella pequeña estación meteorológica y no observó nada anormal.

Esa misma tarde había revisado y engrasado los engranajes que hacían girar la gran linterna y esta, se deslizaba suavemente, sin el más mínimo ruido.

También, por la mañana, aprovechando aquel espléndido día de sol, estuvo limpiando las ópticas y vidrios de la linterna, algo fundamental para que la luz del faro brillase con toda su potencia y lograr, así, que obtuviese su alcance máximo.

Durante su carrera como farero –treinta años ya- en las diferentes torres en las que había prestado servicio, siempre se había sentido orgulloso de que el haz de luz llegase lo más lejos posible. Y lo había conseguido, según decían las mediciones efectuadas por sus jefes.

Se dirigió, recuperando el aliento, al perchero del que colgaba su chaquetón y aunque la noche parecía en calma, se embutió en él y, de paso, se puso aquel gorro de abrigo que su mujer le había calcetado hacía más de diez años.

Él sabía que, a aquella altura, el más mínimo aire podría provocarle uno de aquellos temidos resfriados.

Ya con la mano en el pomo de la puerta que daba acceso al balcón que rodeaba la linterna, retrocedió hasta el colgador; tomó y se puso la bufanda. ¡Uf! ¡Casi se olvida!

Así, perfectamente pertrechado, abrió la puerta, salió al balcón y con todas sus fuerzas, extendiendo al mismo tiempo sus brazos en cruz, gritó:

GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLL!!!!!!!!!!!!!!!!

Volvió a entrar, cerró la puerta y mientras volvía a poner la bufanda, el gorro y el chaquetón en el perchero y comenzaba a bajar aquellos ciento cuarenta y siete escalones, murmuraba:

¡Que lata que mi mujer tenga el sueño tan ligero y que el más mínimo ruido la despierte!

Él, para no molestarla, subía a desahogarse “cantando el gol” a la linterna del faro.

Se acomodó en el sillón al lado de su mujer que dormía, plácidamente, y continuó viendo el partido en la televisión.

Aquella noche fue agotadora. Estaban televisando España-Malta.

El resultado: España: 12, Malta: 1

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NO ERA UN GRAN DÍA, NO

Estaba claro que aquel no iba a ser el mejor día de su vida.

Lo había comprendido nada mas levantarse por la mañana. Un ligero dolor en el cuello se le despertó nada más incorporarse en la cama.

Mientras se duchaba, se terminó el gas y, el agua, gélida, recorrió su piel sin un ápice de misericordia.

La segunda taza de café, la que más disfrutaba, se volcó sobre el mantel al intentar apagar una brizna de tabaco ardiendo que le quemaba la mano.

Cuando salió a la calle, llovía a dios dar agua y el viento, casi le dio la vuelta al paraguas con el que se cobijaba.

El coche encendió perfectamente ¡menos mal! Pero al intentar cerrar el portalón de la huerta, las llaves le cayeron en un gran charco de agua.

Las recuperó entre el medio del barro y jurando en arameo entró en el coche y se dirigió a la cercana ciudad.

Mientras conducía, encendió la radio y un freír espantoso saludó sus oídos en vez de la acostumbrada música con la que comenzaba el día.

Al llegar a su trabajo, dio cuatro vueltas intentando aparcar, pero nada. Cada vez llovía más.

Vio que el coche rojo que salía sobre las seis de la mañana, todavía continuaba aparcado. Se paró en doble fila esperando a que su dueña marchase y ocupar así su sitio, pero el camión de los barrenderos, al no poder pasar, le arreó dos fogonazos con las luces que le obligaron a dar la vuelta a la manzana.

Mientras esto ocurría, recordó que no había oído la alarma del teléfono que utilizaba como despertador y supuso que, con el día que llevaba, también se le habría estropeado el teléfono. ¡Era lo que faltaba!

Mientras se volvía a detener en doble fila esperando a que el coche rojo saliese, tomó el teléfono para verificar si, realmente, se había estropeado.

En definitiva, aquel no era su día.

La alarma del teléfono no había sonado porque estaba programada para que saltase todos los días menos los domingos.

Con una media sonrisa y una imprecación completa, guardó el teléfono en el bolsillo.

Aquel día, aquel nefasto día, era domingo y él no tendría que haber ido a trabajar.

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EL AMO DE LA LUZ

Desde donde estaba sentado se apreciaba el espectáculo del mar embravecido golpeando, inmisericorde, las antiguas rocas.

El grueso cristal que aislaba la cámara de video de la intemperie, resultaba alguna que otra vez salpicado por los restos de la espuma de alguna ola que el viento impulsaba con más fuerza, si cabe, que el propio mar.

La tarde languidecía y algunas luces de la ciudad comenzaban a encenderse; primero, poco a poco, luego, con mas rapidez y en mayor número.

Desde aquella atalaya privilegiada contemplaba el conjunto de calles que se extendía a sus pies iluminándose paulatinamente

Las luces de los coches, aunque lejanas, aportaban movilidad a aquel espectáculo.

De repente pensó:

¡Como me gustaría que las luces se fuesen encendiendo y, después de estar todas encendidas, volviese a apagarse y de nuevo a encenderse… y así, muchas, muchas veces!

Mientras esto pensaba, ocurrió el milagro.

En el punto más lejano que él podía divisar, las luces comenzaron a apagarse y desde allí, como en una cadena de fichas de dominó que se van derribando una a la otra, pudo ver, con asombro, como la penumbra se iba haciendo con la ciudad.

Asombrado e incrédulo, se frotó los ojos para constatar que no era una ilusión aquello que estaba viendo.

Pero no, no era una ilusión, estaba viendo como la oscuridad se iba adueñando gradualmente de la ciudad.

En un momento determinado, solo las luces de los coches, con su ir y venir, trazaban destellos que rasgaban la oscuridad.

Entonces, cuando esta era total, las luces comenzaron a encenderse otra vez haciendo el recorrido a la inversa, alejándose, hasta llegar otra vez al punto más lejano que él podía divisar.

Ni que decir tiene que su asombro no tenía límite.

El espectáculo se repitió tres o cuatro veces y mientras duró, permaneció asombrado, casi con la boca abierta.

El sonido del timbre del teléfono, le hizo desviar la mirada.

- ¿Diga?

- Manolo, ¿eres tú?

- Si, dime.

- ¿Quieres hacer el favor de levantar el pie del interruptor que enciende y apaga las luces de las calles?

- ¿Cómo?

- ¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiii!, ¡el puto pie! ¡Que nos vas a volver locos!

Justo cuando la última farola se iluminaba, colorado como un tomate, retiró el pie del interruptor.
¡A quién se le habrá ocurrido poner los pulsadores de las luces en el suelo en aquella sala “ultramoderna” de control que el ayuntamiento acababa de inaugurar!