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ESCRITOS DESDE CASA

Enred@ndo con la palabra

Categoría: LO QUE SE VE DESDE MI VENTANA

10 Febrero 2008

EL HOMBRE Y EL PETIRROJO

Desde mi ventana le vi pasar cargado, con una gran caja al hombro. Parecía pesada.

Al llegar al jardín depositó, con aparente esfuerzo, la caja sobre el muro bajo y estirándose, como desentumeciéndose, del bolsillo trasero del pantalón sacó un pañuelo con el que se enjuagó el sudor que tenía en su frente y en el cuello.

Resoplando, guardó el pañuelo y se sentó en el murete, al lado de la caja.

Apoyando las palmas de las manos sobre sus piernas, levantó la cabeza y mientras que paulatinamente normalizaba su agitada respiración, fijó su vista en algún punto que, yo desde mi ventana, no pude distinguir.

En ese momento, un pequeño pájaro, un petirrojo, se posó sobre su hombro izquierdo.

Lentamente volvió la cabeza y sin prisa, fijando la vista en el pajarillo, levantó su mano, extendió un dedo y el petirrojo, como en un ejercicio mil veces ensayado, dio un pequeño salto y se encaramó sobre aquel dedo que, incluso desde mi ventana, parecía gigantesco.

Era tal el contraste entre la fragilidad del diminuto pajarillo y la inmensidad de aquella mano que una señora que pasaba en aquel momento por allí, se paró para observar con detalle aquella especie de prodigio.

Al cabo de un rato, el hombre elevó su dedo, como señalando al cielo y el pajarillo emprendió de nuevo el vuelo.

Desde mi ventana pude distinguir la placidez en el rostro de aquel hombre que, otra vez, sin prisa, retomo la gran caja sobre sus hombros y con decisión, reemprendió de nuevo su camino.

Si yo hubiese sido un pintor o un fotógrafo intentaría inmortalizar aquel momento con un trazo rápido o una instantánea.

Como no lo soy, ahora, cierro los ojos y con una sonrisa los vuelvo a ver de nuevo.

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10 Febrero 2008

EL HOMBRE DE LAS MANOS GRANDES Y LOS PIES CANSADOS

Desde mi ventana, le había visto en diferentes ocasiones. Llegaba todos los días un casi nada antes de que encendiesen las luces del escaparate de la tienda de juguetes.

Lentamente, arrastrando sus pies cansados, se detenía delante de la vitrina y, sin sacar las manos de los bolsillos del abrigo, comenzaba un ligero balanceo, casi inapreciable, que duraba, exactamente, hasta que se encendían las luces del escaparate.

En ese momento, aproximaba su cara al cristal y, con sus grandes manos haciendo pantalla, permanecía durante un momento mirando, quien sabe que, al interior del escaparate.

Pasados dos minutos, el hombre de las manos grandes y los pies cansados, se ponía en marcha otra vez.

A los cinco o seis pasos de alejarse de la vitrina, se paraba y rebuscando en el interior de su gabán, de su bolsillo derecho, sacaba un pequeño sobre que ojeaba un instante. Después, volviendo a introducirlo en su bolsillo, continuaba caminando hasta que, desde mi ventana, lo perdía de vista.

No sabía desde cuanto tiempo realizaba aquel hombre esa especie de ceremonia diaria.

Pero lo que observé era que, durante el mes de diciembre, cada día, su llegada coincidía con el casi simultáneo encendido de las luces de la tienda.

Una tarde, antes de que se encendieran las luces del escaparate, el hombre de las manos grandes y los pies cansados, pasó de largo. No se paró a contemplar el interior de la vitrina y, con decisión –sus pies me parecieron menos cansados aquel día- entró en la tienda.

Al rato, salió portando un gran paquete y con una gran sonrisa en el rostro prosiguió su camino hasta que lo perdí de vista.

En ese momento, mientras el hombre de las manos grandes y los pies cansados –hoy, menos cansados- se alejaba sonriendo, las luces del escaparate volvieron a encenderse.

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