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Terra
La Coctelera

LA CHIMENEA

Recordaba haber estado allí alguna vez. No sabía exactamente cuándo, pero aquel portalón de madera, viejo y recio, le recordaba algo.

Empujó la hoja de la gran puerta pero esta permaneció cerrada, sin moverse ni un ápice.

Buscó en los alrededores de la puerta algún timbre donde poder llamar; tenía que buscar refugio pronto, pues la noche se acercaba y sabía que pasarla al raso, no era una buena idea. No lo encontró. Comenzó a recorrer el muro buscando algún otro acceso o, al menos, algún resquicio, o alguna grieta por donde encaramarse y poder acceder al interior de aquella finca.

Casi llegando al final, donde la espesa vegetación formaba otro muro natural e infranqueable, encontró un saliente entre las piedras y por allí se encaramó decidido a saltar y penetrar a la seguridad de la casa.

No los había visto, pero sabía que los lobos rondaban sus pasos esperando la oportunidad de abalanzarse sobre él.

La escasa luz de la tarde que se moría le permitió ver la sombra del caserón. Recogió del suelo su hatillo y el bastón que había lanzado dentro, antes de saltar el muro y se dirigió con decisión a la casa.

Bordeó la fuente de piedra y, por el sendero de gravilla semi invadido de maleza, se acercó a la puerta principal.

El único sonido que se oía era el de sus pasos sobre la grava del camino. Se acercó a una de las dos ventanas de la fachada y, haciendo pantalla con la mano, buscó con la vista alguna señal de actividad en el interior, pero no pudo distinguir nada.

Empujó la puerta y para su sorpresa, sin un solo ruido, esta se abrió.

El pasillo estaba oscuro y en el zaguán, se detuvo intentando escuchar algún sonido, algo que delatase actividad en la vivienda.

Solo silencio. Atravesó el pasillo y desembocó en el salón que había visto a través de la ventana. Sobre la gran chimenea, en una repisa de piedra, reposaba un candelabro de tres brazos.

Rebuscó en el bolsillo de su raída chaqueta hasta que encontró la caja de fósforos y encendiendo uno, prendió las velas.

En el exterior la noche se estaba haciendo, cada vez con más prisa, con lo que quedaba de la tarde y la oscuridad crecía por momentos.

A la luz de las velas aquella estancia adquirió un aspecto opresivo. Buscó más velas para encender y sobre el piano, al otro extremo del salón encontró otro candelabro.

Cuando lo estaba encendiendo, el sonido profundo de las campanas de un reloj, llenó la sala.

Terminó de encender el candelabro del piano y en el taburete del mismo, se sentó mientras, con su vista, recorría el salón.

Cerca de la chimenea, en un pequeño montón, se apilaban unos troncos; comenzaba a refrescar y decidió hacer un fuego que le permitiese pasar la noche de manera más confortable.

Rebuscó sobre la mesa y encontró las páginas de un diario. Sirviéndose de ellas y después de haber apilado unos troncos en el hogar, encendió el fuego.

Las campanadas del reloj volvieron a llenar con su sonido profundo el salón y mientras el fuego se avivaba, todavía con algunas hojas del diario en la mano, se sentó en el sillón, notando, inmediatamente el calor de las llamas.

Sin proponérselo, de manera fortuita, volvió su vista a los restos del diario que todavía no había quemado.

La fecha que figuraba en la portada era de diez años atrás y mientras notaba que el calor del fuego hacía que comenzase a adormecerse, algo que había visto en el periódico, hizo que la lucidez volviese de inmediato a todos sus sentidos.

Hacia el final de la portada, a la derecha, un recuadro con letras mayúsculas decía:

“Hallado carbonizado el cadáver de un hombre tras el incendio que se produjo en la mansión de los condes de York. Se supone que el indigente se refugió en la casa para pasar la noche y al encender la chimenea, el fuego prendió en sus ropas desatándose un incendio que ocasionó su muerte y la destrucción de la casa.”

Entre el agradable calor y el cansancio del día, el sueño se apoderó de él. Recostándose en el sillón se quedó dormido y el diario cayó de sus manos al suelo, cerca, muy cerca de la chisporroteante chimenea.

EL CLIENTE HONRADO Y LA CAJERA DEL SÚPER

Cuando volvía de la ciudad recordó que tenía que pasar por el supermercado para comprar cuatro cosas que le faltaban en casa.

Bordeó la rotonda y se dirigió al centro comercial, entró en el aparcamiento y, como siempre, dejó su coche en el punto más alejado de la puerta de entrada del supermercado.

Rebuscó en su bolsillo la moneda para el carrito e insertándola en la ranura correspondiente, entro en el súper.

En aquel pequeño establecimiento casi siempre hacía el mismo recorrido. Comenzaba por el primer pasillo y los iba recorriendo uno a uno –eran cuatro- de arriba abajo, con lo cual, en un nada de tiempo, pasaba por todas las secciones del local.

Le gustaba aquel súper mucho más que las grandes superficies y era raro que tardase más de diez o quince minutos en hacer la compra.

Aquel día solo tenía que llevar vino, cava, desodorante y pienso para los perros.

En el primer pasillo cogió el vino y el cava; al fondo de este, giró a la izquierda y pasó por delante de los expositores de los congelados y del bazar. Continuó adelante y al final, giró a la derecha para detenerse en la sección de droguería donde tomó el desodorante. Siguió su camino tantas veces repetido y volvió a girar a la izquierda para ir hacia la salida y, de paso, coger el saco de pienso para los perros.

Al llegar a la caja, le atendió la chica que siempre se equivocaba al cobrarle el importe de la compra. En cuanto le vio, se sonrió y le dijo:

- Veamos en que me equivocó hoy con usted. Siempre se me pasa cobrarle algo. Él también sonrió recordando de donde venía aquello.

Una vez solo le había cobrado seis de las ocho botellas de cava que llevaba; él se dio cuenta y volvió al rato a la caja para pagar las otras dos. Otro día, fue una caja de cartones de leche y también volvió para pagarlos.

Desde entonces, aquella cajera, feúcha y simpática, cada vez que lo veía, se sonreía y se ruborizaba.

Un día, estando el supermercado abarrotado, en cuanto comenzó a poner los artículos que acababa de comprar sobre la cinta que los acercaba a la caja, la chica dijo en voz alta:

- “Tiemblo. ¿En qué me equivocaré hoy con usted? Menos mal que se da cuenta y vuelve a pagar que si no…”

El sonrió diciendo:

- Tranquila. Los ladrones somos gente honrada.

Hoy parecía que la chica no se había equivocado en nada y él, se dirigió al coche para guardar la compra.

Mientras colocaba las cuatro cosas en el maletero, sonrió.

¿Qué diría aquella chica si supiese que él, el cliente honrado, era el atracador de bancos más buscado de la nación?

Repasó el ticket de la compra, comprobó que estaba todo bien y silbando, arrancó el coche y se dirigió a su casa; a su guarida.

LA TORMENTA

Los efectos del temporal eran fácilmente apreciables. Tan solo con volver la mirada hacia los árboles de la plaza cualquier persona podía suponer la fuerza destructora que había caído sobre el pueblo.

Unos cuantos trabajadores del ayuntamiento se afanaban en retirar trozos de ramas que se veían desperdigadas alrededor de la fuente de piedra.

La tormenta había estallado por sorpresa, sin previo aviso y ni protección civil, ni los servicios meteorológicos del estado habían advertido de su llegada.

Entre la gente el comentario más oído era que esto no lo recordaba ni los más viejos del lugar y que algo pasaba, algo estaba haciendo que la climatología cambiase de aquella manera.

Las voces del pueblo, cada vez más frecuentemente, hablaban del cambio climático e incluso había quien achacaba a la proximidad de la central nuclear, a la contaminación, los repentinos cambios de tiempo que se venían produciendo.

Márquez, el jefe de puesto del cuartel de la guardia civil, tomó el coche y se acercó a las puertas de la central nuclear para entrevistarse con Santiago, el jefe de seguridad y su amigo desde hacía muchos años. Esperaba que los daños producidos por el temporal en la planta de energía fuesen mínimos.

Al llegar a la puerta de la central, algo le llamó la atención: la barrera de control de acceso se encontraba tirada en el suelo, arrancada de cuajo de sus soportes, y supuso que allí el temporal también había dejado su impronta.

La garita del vigilante de la puerta parecía intacta, pero cuando la rebasó con el coche, pudo observar, atónito, que lo único que se mantenía en pie, era la parte frontal, el resto se podía ver desperdigado por el contorno.

Esto le asustó. Aceleró un poco más el coche oficial y se aproximó a la entrada del edificio donde se encontraban las oficinas administrativas y la dirección de la planta.

Tras detener su vehículo delante de la puerta de entrada, se acercó apresurado a esta, la empujó y al entrar en el vestíbulo un estremecimiento recorrió su cuerpo. El edificio estaba sin tejado. Parecía que el viento lo había arrancado de cuajo y miles de folios ocupaban toda la estancia.

En ese momento se percató que desde que había llegado no había visto ni a una sola persona.

Un nudo atenazó su garganta. ¡Que podía haber pasado? ¿Dónde estaban todos?

Volvió sobre sus pasos retornando al coche y con la emisora, llamó al cuartel:

Ríos, Ríos, ¿me recibes?, cambio.

Nada. A través de la emisora solo llegaba ruido de parásitos. Lo intentó otra vez:

Ríos, Ríos, ¿me recibes?, cambio. Silencio.

Del bolsillo de su pantalón tomó el teléfono móvil con intención de llamar a sus compañeros y entonces advirtió que la pantalla del móvil estaba en blanco.

Cada vez más asustado y desconcertado, puso en marcha el coche y se dirigió al edificio central de la planta nuclear.

Nubes de vapor salían de las torres de refrigeración y le pareció que el runrún de lo que él denominaba gigante dormido, se había hecho más profundo desde la última vez que había estado allí.

Volvió a intentar comunicarse con sus compañeros pero la emisora seguía fuera de servicio.

Aparcó muy cerca de la puerta de entrada. Está, como mandaban las normas, se encontraba cerrada y pulso el botón del intercomunicador para que le abriesen.

Silencio. Como respuesta solo recibió silencio. Su angustia crecía de manera exponencial cada vez que pulsaba el intercomunicador y no recibía respuesta.

Deslizó su mano derecha hacia la manilla metálica de la puerta de entrada y, con el ánimo sobrecogido, presionó y la puerta, también sin ningún ruido, se abrió.

Entonces creyó entenderlo todo. Tras la puerta no había nada, solo una gigantesca sima se abría a sus pies. La central nuclear había dejado de existir.

Ni siquiera se preguntó porque. Solo sintió que a él, como al resto de los habitantes del pueblo, y sabe dios a cuantos más, el tiempo se les había acabado.

Miró hacia el fondo inalcanzable de la sima y, con decisión, saltó.

LA TORMENTA EN EL MAR

Su estómago no le daba tregua. Mientras el barco seguía cabeceando a cada envite de las olas embravecidas, en la soledad de su camarote, se sentía morir y la tormenta tenía trazas de durar.

Intentó tumbarse en la cama pero la fuerza del balance del barco hacía que su cabeza, todo su cuerpo se moviese, animado por los golpes de mar, de un lado a otro.

Entonces, un pantocazo más fuerte lo arrojó contra el mamparo y, asustado, decidió levantarse y subir al puente del barco.

Los pasillos estaban vacíos y agarrándose a las barandas, fuertemente atornilladas a los mamparos que formaban aquellos estrechos corredores, consiguió llegar al puente.

Los ojos casi se le salen de las órbitas. El puente estaba vacío, nadie gobernaba el timón que, por mor del piloto automático, volvía a rumbo tras cada embate de las olas.

¿Cómo era posible? ¿Dónde se habían metido todos?

Miró a la proa del barco y vio como una ola gigantesca se preparaba para embestir por la amura de babor. Se sujetó firmemente a los asideros del radar y se preparó para aguantar aquel embate.

La ola golpeó el barco y barrió la cubierta produciendo una espuma blanca aterradora.

Una vez que el barco adrizó, decidió ir a la sala de máquinas para ver si encontraba a la tripulación.

Volvió a bajar hasta la puerta de sala de máquinas, abrió y descendió por las escaleras hasta el fondo. El ruido era ensordecedor, pero allí tampoco había nadie.

Cada vez más asustado salió de la sala de máquinas y se dirigió al comedor. Tenían que estar allí.

En eso, las luces se apagaron y la oscuridad más absoluta, se apoderó de todo; solo por los portillos, de vez en cuando, se colaba la luz de los cercanos relámpagos.

Comenzó a conjeturar que es lo que habría pasado para que él estuviese solo a bordo. En unos segundos, historias mil veces escuchadas vinieron a su cabeza.

Doblo el último recodo del pasillo que conducía al salón, abrió la puerta y…

Las luces se encendieron de repente y un fuerte grito le sobresaltó:

¡SORPRESA!

Allí estaban todos, todos reunidos en el salón y, de repente, empezaron a cantar:

Cumpleaños feliz. Cumpleaños feliz, Te deseamos todos…

DIECIOCHO GRADOS BAJO CERO

Sus dedos, a pesar de los guantes polares que las protegían, estaban empezando a notar los efectos del frío.

Comprobó otra vez la temperatura y constató que estaba a dieciocho grados bajo cero.

Continuó moviéndose, escarbando entre aquellos bloques de hielo, intentando encontrar, de una vez, aquel paquete que parecía que había desaparecido.

La sensación de frío cada vez era mayor. Los gruesos guantes que protegían sus manos, al mismo tiempo entorpecían su labor. Decidió sacarse uno de ellos para ver si podía palpar mejor entre el hielo y así encontrar lo que buscaba.

Imposible, dieciocho grados bajo cero era demasiado frío para resistirlo.

Volvió a colocarse el guante y, a pesar de la poca visibilidad, intento concentrar su vista para ayudarse, así, de un sentido más en su búsqueda, infructuosa hasta el momento.

Decidió darse un respiro. Sin sacarse los guantes, colocó sus manos bajo los sobacos para intentar calentarlas y así permaneció un rato.

Cuando notó que la circulación volvía a calentar su manos, se puso otra vez a buscar, removiendo el hielo.

Después de un rato mas de inútil búsqueda, una idea, tenaz y persistente, rondó por su cabeza.

“Aquí es imposible encontrar nada, ya puedo estar así toda la vida. Tengo que descongelar este puñetero arcón congelador más a menudo.

LA LUZ AL FINAL DEL TUNEL

Despertó de repente. Aquel sonido de agua corriendo le sobresaltó. Su primer impulso fue cerrar los puños, abrir los ojos y salir corriendo, pero inmediatamente se dio cuenta que aquello era imposible.

No sabía exactamente donde se encontraba y aquella oscuridad, no ayudaba en demasía a orientarse.

Concentro sus esfuerzos en escuchar algún sonido que le diese alguna pista, alguna indicación de cómo abandonar aquel recinto.

A lo lejos, unas voces ininteligibles, gritaban algo que él no pudo entender.

Entonces pensó:

Pero vamos a ver… vamos a serenarnos… aquí no se está nada mal, no hace frío, tampoco excesivo calor, Tengo comida y agua a mano…, yo creo que puedo esperar tranquilamente a que me vengan a buscar. Lo mejor que puedo hacer es descansar y ya veremos que pasa.

En estas reflexiones estaba cuando otra vibración seguida de un fuerte temblor volvió a recorrer el lugar donde se encontraba. Le había parecido más fuerte que la anterior.

Entonces, un rayo de luz, al principio más bien un hilo que poco a poco se fue agrandando, le mostró el camino de salida.

“Creo que es por ahí”. Notó, al mismo tiempo, que una fría corriente de aire se abría paso a la par que la luz iluminaba el habitáculo.

Un nuevo temblor le empujó, resbalando, hacia la luz.

Con dificultad asomó la cabeza y lo que vio, no lo tranquilizó en absoluto.

Ahora la luz era cegadora y vio que unas manos enguantadas se acercaban a él.

Notó un fuerte tirón en el cuello y su cuerpo resbaló; como no me sujeten, me voy a matar.

Otras manos, también enguantadas, le recogieron. Hacía un frío que pelaba.

Cegado, percibió como lo sujetaban y lo alzaban en el aire. Un fuerte golpe en las nalgas, terminó de asustarlo y se puso a llorar.

Acababa de nacer y no le había gustado nada, nada, nada.

CAMINOS DIVERGENTES

Al doblar la esquina se tropezó con él y tras un momento de sorpresa ocurrió eso que tantas veces nos ha hecho reír en el cine, uno y el otro empezaron a desplazarse al unísono, pero hacia el mismo sitio, alternativamente.

Tras cuatro o cinco enfrentamientos vacilantes, él, decidió parar.

- Lo siento, no sabe cuanto lo siento. Iba tan apurado que no advertí su presencia.

- No se preocupe, la culpa es mía. Yo también llevaba la cabeza en las quimbambas.

Después de varios “lo siento”, continuaron sus divergentes caminos.

Continuó a toda velocidad realizando gestiones aquí y allá, parecía que la vida se le iba en ello.

Tanta era la prisa que llevaba, que ni siquiera esperaba a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones, con el riesgo de ser atropellado por un coche.

Tras salir del banco, al doblar otra esquina, se volvió a tropezar.

- Lo siento, no sabe cuanto lo siento. Iba tan apurado que no advertí su presencia.

- No se preocupe, la culpa es mía. Yo también llevaba la cabeza en las quimbambas.

Después de varios “lo siento”, continuaron sus divergentes caminos.

De repente, algo en su interior sonó, algo que le hizo detenerse de inmediato.

- Un momento… esto me acaba de pasar hace un momento… Pero, ¿Cómo?

Desanduvo lo andado y a llegar a la esquina se puso de puntillas, ojeando a lo lejos para intentar encontrar a aquel hombre que había tropezado con él.

Lo vio, estaba como a cincuenta pasos por delante y parecía que daba la vuelta y se dirigía hacia él.

Continuó caminando y esta vez los caminos convergentes, cada vez, los acercaban más el uno al otro.

Hasta que por fin se encontraron. Su sorpresa fue mayúscula. Aquel hombre era exactamente igual a él. No, no es que fuese exactamente igual, no, es que era él mismo.

Se había tropezado consigo mismo dos veces y hasta la segunda no lo había advertido.

Acercó su mano a la mano de su propia imagen, se tocaron y la sensación fue de fundirse en una sola persona.

Asustado pero resuelto al mismo tiempo, dio un pequeño salto hacia delante y se embutió dentro de su propia imagen, se palpó el cuerpo y en aquel mismo instante decidió que si no se había reconocido a si mismo, nadie le podía reconocer, tanta prisa no podía ser buena.

Cruzo la calle -esta vez esperando a que el semáforo se pusiese verde para los peatones- y en el parque, al otro lado, se sentó en un banco y comenzó a escuchar como cantaban los pájaros

Al poco tiempo, con calma, se durmió y tuvo sueños de colores.

LA VICTORIA DEL RACIONALISMO

Ella sabía que yo lo sabía y yo, también sabía que ella sabía que yo lo sabía, pero, de momento, ninguno de los dos decíamos lo que realmente sabíamos.

Todo había comenzado cuando, unos días atrás, descubrí en la habitación de los armarios, detrás de la puerta del estante más alto, ocultos tras unas telas aquellos objetos.

Hacía algún tiempo que en nuestras reuniones se comentaba la posibilidad –algunos la denominaban certeza- que todo aquello que nos habían contado desde hacía mucho tiempo no era más que una patraña.

Acalorados, en la discusión, las posturas eran cada vez más enfrentadas.

La sección de los racionalistas, no dejaba de intentar imponer sus postulados y los ilustraba con ejemplos tales como “… Si fuese verdad, ¿por qué no se cumplen nuestras expectativas? ¿Por qué siempre alguna de nuestras demandas no se realiza?

Nosotros, los más jóvenes, los idealistas, no sabíamos que responder, pero, sin razón alguna, nos negábamos a aceptar que todo aquello en lo que habíamos creído durante aquellos años fuese mentira.

En la última reunión que habíamos mantenido se decidió una estrategia a seguir cuyos resultados serían puestos en común al término de las vacaciones.

Y así lo hicimos.

Con sigilo, cada uno en su lugar habitual de residencia, intentaría descubrir si existían indicios de algo oculto.

Era difícil. Las casas estaban permanentemente vigiladas y costaba mucho trabajo conseguir un momento propicio para investigar.

Aprovechando un descuido, conseguí colarme en la habitación de los armarios. Era la última oportunidad para descubrir algo, pues el resto de la casa, ya había sido escrupulosamente registrado por mí.

Y así, con tesón, conseguí descubrir aquellos objetos. Los racionalistas tenían razón, habían ganado.

Pero aún faltaba la prueba concluyente, la definitiva.

Aquella noche, mientras todos dormían, me levanté en silencio de la cama. Hacía frío y yo, creo que más por el nerviosismo que por las bajas temperaturas, temblaba. Acababa de oír un ligero ruido.

Me aupé sobre la cama y a través de los cristales, asomando solo lo justo para ver sin ser visto, lo descubrí.

Allí estaba ella, a oscuras, esparciendo por toda la habitación aquellos objetos que yo había descubierto, aquellos objetos ocultos desde sabe dios cuanto tiempo.

Mi frente rozo, casi imperceptiblemente el cristal. Ella, rápidamente, volvió la cabeza. Me había oído.

Volví a la cama lo más rápido que pude, me arrope y me hice el dormido.

Justo en ese momento, entreabrió la puerta y su cabeza asomó por una rendija, me miró y, otra vez en silencio, volvió a cerrar la puerta y se fue.

A la mañana siguiente, en la Plaza de España, ataviado con coraza, espada y casco de romano, tuve que admitir ante Carlos –uno de los racionalistas- que los Reyes Magos eran papá, mamá y el dinero. En mi caso, además, mi abuela